Madre e hijo

Para los ricos, lo mismo en Rumanía que en España, los policías son unos Vigilantes del Muro que los defienden de los pobres, de los desharrapados, de los perroflautas que aún sueñan con el comunismo que expropiará las piscinas y los chalets, los yates y los coches deportivos, y los repartirá por piezas entre la plebe sublevada. La policía, básicamente, está para repartir hostias a los manifestantes, proteger al señor cura en la Semana Santa y meter en chirona a los que venden marihuana en los garitos. El problema es que a veces, por afán de notoriedad, por dar de comer al periodismo amarillo – o porque los rojos han conseguido infiltrar a un hijo de quienes perdieron la Guerra Civil-, la policía la toma con los ricos por un quítame allá esas pajas. En vez de perseguir al mal verdadero que acecha en cada balcón que exhibe la bandera republicana, la pasma muerde la mano que le da de comer y se pone a investigar cuentas millonarias en Suiza, o calca multas por matar a ciervos de Podemos fuera de temporada, o detiene a ancianas venerables por aparcar indebidamente en un carril bus del centro de Madrid. O enchirona, por ejemplo, como sucede en esta película rumana Madre e hijo, a un pijo de Bucarest que yendo a toda hostia por la carretera -como iban Los Ilegales- atropella al hijo de una familia medio gitana y pobretona que vive en los arrabales.





                La madre del encausado se llama Cornelia, y eso ya anuncia una tragedia romana de mucho dramatismo y mucho clasicismo, con el viejo argumento de la madre castradora, el hijo apijotado y la nuera que trata de malmeterlo contra la suegra. Dos mil años nos contemplan, y lo que te rondaré morena. Cornelia pertenece a la burguesía más selecta de Bucarest, ésa que cambió el comunismo por el esclavismo empresarial en un abrir y cerrar de ojos, y no va a consentir que dos policías de mierda se equivoquen tan gravemente de víctima. Aquí el delincuente no es su hijo por haber matado al chaval lanzándolo treinta metros más allá del lugar del impacto, sino el chaval mismo, quien cruzando por donde no debía destrozó la carrocería del buga que es fruto del trabajo y de la honradez y del espíritu emprendedor. Sempiterna en su abrigo de pieles y en su joyería de oro, que al parecer no se quita ni para dormir, la señora Cornelia llamará uno por uno a los altos gerifaltes de la administración para que hagan justicia en este caso, y la policía vuelva al orden, y la familia del muerto al respeto, y Rumanía regrese al neofeudalismo que a ella la ha hecho inmensamente rica y a los demás -por vagos, por ineptos, por piojosos- muy pobres.


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