Jimmy's Hall

Irlanda, años 30. James Gralton es un comunista peligroso que acaba de regresar de su exilio en Nueva York. Allí ha participado en varias movidas sindicalistas, en varias protestas de trabajadores explotados, pero los años, y el cansancio, y la derrota continua del izquierdismo militante, han ido minando sus energías. Ahora, de vuelta en la verde Erín, sólo quiere dedicarse a su granja, a sus amigos, a disfrutar de las pequeñas cosas. Tal vez, como Sean Thornton en El hombre tranquilo, casarse con una pelirroja de fuegos uterinos y vivir felices en una cabaña algo alejada de la aldea, donde no lleguen los gritos nocturnos de pasión.



            El problema de James Gralton, Jimmy para los amigos, es que su amada es más rubia que otra cosa, no tiene ni punto de comparación con Maureen O’Hara y además, porque la espera se le hizo larga y tediosa, ya vive casada con un mostrenco del terruño. Sin casa de putas donde desfogar su libido, porque la aldea vive bajo la puntillosa vigilancia de su señor cura y de su señor fascista –que disfrutan de incógnito las prostitutas de Belfast-, Jimmy, cumpliendo la sublimación de los instintos que enseñara Sigmund Freud, volverá a las andadas del comunismo. Por las mañanas, antes de desayunar, recibirá al demonio en sus aposentos; más tarde, con el primer picor de huevos, violará a dos monjas que pasaban por allí; después de comer quemará una iglesia y un convento para no perder la práctica revolucionaria; y al final del día, después de haber cumplido con su agenda laboral y satánica, regentará el Jimmy’s Hall que sirve de título a esta película, una especie de Institución Libre de Enseñanza donde las buenas gentes del pueblo, cansadas ya de leer las cartas de San Pablo a los Tesalonicenses y las encíclicas del Papa contra las secreciones vaginales, se juntarán a leer poesía, a discutir de filosofía, a practicar la bricomanía y el arte del bordado. Y lo más importante de todo, a bailar el jazz, esa música de “lúbricos cimbreos” que Jimmy, el muy cerdo, el muy rojo, se ha traído de Nueva York importada en una gramola.



          Esto es, grosso modo, sin desvelar spoilers que además son hechos muy reales y muy dolientes, Jimmy’s Hall, la última película de Ken Loach. Su enésima denuncia del poder de los caciques, de la represión de la Iglesia. Sus películas –hay que confesarlo- se han vuelto tediosas y previsibles, pero uno las sigue viendo porque son de sagrado cumplimiento en la agenda de cualquier ateo bolchevique. Ya sólo nosotros, y los críticos de la prensa derechista, coincidimos en las salas de cine, o en los sofás de los salones, para ver las películas del viejo guerrillero. Ellos van allí a tomar buena nota de sus rojeríos para luego ponerlo a caldo en las críticas. Luego, en la oficina de prensa del PP, les pasan un argumentario para que los artículos salgan coordinados y consecuentes, y con eso, y con las cuatro notas que tomaron en el cuaderno, ya tienen látigo verbal para volver a fustigarlo. En esta ocasión –porque ni siquiera se molestan en variar los adjetivos- todos los paniaguados llaman a Loach  “maniqueo” y “esquemático”. Como siempre, vamos. Como si creyesen que con eso le insultan, o le disminuyen. Que con eso nos ridiculizan, por simplones, o por estúpidos, a sus devotos seguidores. Qué bobos son. Aún no han comprendido que la lucha de clases es una realidad tan viva como maniquea, tan palpitante como esquemática. Como dijo Warren Buffet, el millonario especulador: “Claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra. Y la estamos ganando”.




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