El lobo de Wall Street

Algunos cinéfilos acusan a Martin Scorsese de practicar la doble moral con El lobo de Wall Street. Afirman que lo que parecía una denuncia contra las prácticas de los yuppies casi termina siendo una apología de la profesión. Una justificación de aquello que siempre decía mi abuela, que si encontrabas a un tonto tenías que engañarlo pronto, porque si no, lo iba a engañar otro.  Y es cierto que, en algún diálogo cínico, en algún plano revelador, don Martin nos desliza esta idea para que juguemos con ella, como gatitos con un ovillo bien liado, a ver cómo perdemos la posición cómoda que habíamos tomado en el sofá.



        Belford y sus secuaces comienzan su carrera estafando a ciudadanos decentes, gentes que confían en su labia mercantil para invertir los ahorros de toda una vida. Sólo por eso, Belford y su cuadrilla ya merecerían pudrirse en la cárcel durante años, y cosas peores, que mi bolchevique interior prefiere ahorrarse por culpa de la Ley Mordaza, dado que los políticos que la promulgaron son muy amigos de los banqueros que nos robaron. Pero sucede, y aquí empiezan los dilemas morales, que otros tipos estafados por Belford, siendo también de clase baja, tienen el alma muy avariciosa, working class con afanes de grandeza que venderían su confianza al mismísimo diablo con tal de llenar el garaje de cochazos y la muñeca de Rolex de oro. Estos panolis no nos inspiran mucha pena, la verdad, y casi agradecemos que acaben endeudados hasta la cejas, y rompiendo los teléfonos de la frustración. A partir de ahí, hay que reconocerlo, cuando Stratton Oakmont se convierte en un depredador bursátil que ya sólo estafa a las grandes fortunas, nuestras simpatías están con DiCaprio y su compañía de desalmados, que si bien actúan fuera de la ley, no están pisando un terreno ético que nos repela especialmente.




         Además, ¡qué coño! Una parte de nosotros –incluidos los comunistas más recalcitrantes- envidia el éxito, el desenfreno, el desparpajo, de estos hijos de puta sin medida. Mientras los espectadores de la película nos pudrimos en nuestras vidas de hipotecados y asalariados, ellos, los muy cabrones, que no irán al cielo aburrido que padeceremos nosotros, se lo pasan cañón con la fiesta diaria de la carne exaltada y las sinapsis electrizadas. Nos cuesta varios minutos, al terminar de película, recuperar la vieja fortaleza de los valores morales, la templanza, y la honradez, unas virtudes que como decía Friedrich Nietzsche, el muy jodido filósofo de Sils-Maria, sólo son la máscara de nuestra debilidad, la justificación que le damos a nuestra pobreza de espíritu. 


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