Black coal

Black coal es una película china que ganó muchos premios en los festivales de postín, y por eso le he abierto un hueco en mi agenda estival, que es cuando tengo tiempo para ver estas cosas exóticas que durante el curso, con el fútbol y la NBA, el rugby y los billares, duermen en lo más profundo de los pisapapeles. Black coal tiene asesinatos misteriosos, femme fatale de ojos rasgados y un detective borrachín y metepatas que poco a poco va desfaciendo el entuerto. Un Philip Marlowe salteado con bambú y setas chinas que se llevará varias hostias y varios desengaños en el honroso empeño de cumplir con su obligación.





             Se ve que al director de la película, un tipo de nombre impronunciable e intranscribible, no le gusta demasiado el estado actual de las cosas, y filma su película en entornos que dan un poco de grima, sudorosos del trabajo o decadentes del vicio. Lo que no sabemos es si Diao Yinan –no era tan difícil, después de todo- se pasa de comunista y le parece que el capitalismo está rompiendo el encanto idílico de la China maoísta, o si, por el contrario, es un admirador secreto de Esperanza Aguirre y considera que el Estado es el culpable de la mugre y la dejadez que asola las ciudades industriales.  La estética de Black coal guarda un extraño parecido con el Los Ángeles de Blade Runner, donde la gente se arracimaba en calles de tráfico imposible, siempre lluviosas y de aire malsano y sudoroso. El problema de Black coal, para los habitantes poco civilizados del Lejano Occidente, que no vamos a festivales ni metemos mano en los cineclubs universitarios, es que los directores chinos, criados en otra cultura narrativa, en otra manera de interpretar el tiempo, tienen un sentido del ritmo muy particular –por no decir cansino, o desesperante- y aceleran la trama justo cuando los caucasianos ya echábamos el primer sueño, y desaceleran justo cuando más despegados teníamos los ojos. Cuando las películas chinas van, uno viene de vuelta, y viceversa, y al final es como una comedia del cine mudo que termina en persecuciones circulares alrededor del árbol o de la puerta giratoria del hotel, con mucha frustración y algo de mareo. Luego, por supuesto, está el problema de los actores chinos, que no tienen la culpa de parecerse todos como gotas de agua, a no ser que lleven un ojo tuerto, o peinados estrafalarios, o estén gordos como Budas. Al menos, en Black coal, el detective lleva un bigotón a lo mexicano que lo hace identificable para mi escasa y poco santa paciencia. En eso, al menos, Black coal tiene una deferencia con el espectador acostumbrado al mestizaje, al poso fisonómico de las culturas.




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