Bad Boys

Mucho se está hablando sobre la edad de oro de la televisión, con los grandes folletines sucediéndose en una espiral creativa que parece no tener fin. Una ristra de “series que no te puedes perder” que nos está dejando exhaustos a los aborregados del televisor. No sé si la próxima generación vivirá peor que sus padres, pero sí es cierto que desde hace unos cuantos años, desde que se estrenaron Los Soprano y A dos metros bajo tierra, cierto tipo de progenitores tenemos a los críos un poco abandonados, como faltos de afecto y consejo, cocinando al microondas y diciéndoles que sí a todo lo que piden con tal de no perder un minuto, todo el día apoltronados en los sofás, programando vídeos, consultando guías, opinando en los foros. Una catástrofe social que todavía no ha sido abordada como se merece en las revistas de verano, antes de que empiecen los asuntos serios de la política y la liga de fútbol.



          Por el contrario, se está hablando muy poco de la otra gran edad de oro, la de los documentales. En las películas, por muy buenas que sean, los “creadores” siempre acaban desbarrando un poquito, saliéndose del tema principal para alumbrar tramas que nos traían un poco sin cuidado. Al fin y al cabo, todo el mundo se pone detrás de la cámara o delante del folio en blanco para hablar de su libro, y su libro rara vez nos interesa de un modo absoluto. Los buenos documentales, en cambio, y hablo de esos que ahora duran tanto como una película, con su hora y media de entrevistas e imágenes de archivo, son una maravilla de ingeniería narrativa que no pierden un segundo en tonterías accesorias. Carecen, obviamente, de la poesía de la ficción, pero a cambio te aclaran las ideas, o te refrescan el recuerdo, o te enseñan algo novedoso e insospechado.



         Bad Boys, que es una obra maestra del género -sobre todo si te interesa el mundo del baloncesto, porque si no vas jodido- nos cuenta el auge y caída de los Detroit Pistons, el equipo marrullero y poco estiloso que ganó el título de la NBA en los años 89 y 90. Una pandilla de buenos jugadores, ninguno excepcional si exceptuamos a Isiah Thomas, que allí encontraron una hermandad más que un equipo. Tipos duros, chulescos, resabiados, que desperdigados por otras franquicias jamás habrían pasado a la historia, pero que combatiendo en la misma legión alcanzaron el rendimiento máximo, y la gloria de los títulos. Un documental mejor estructurado que muchas películas laureadas de la actualidad. Bad Boys resume en hora y media lo más sustancial de casi diez años de convivencia, de victorias y derrotas, de amistades y enfrentamientos. Una labor de síntesis que muchos cineastas ya quisieran para sí. Y todo ello sin abrumar, sin abrasar a datos, apoyados siempre en las viejas imágenes y en las entrevistas sin pelos en la lengua. Qué hijos de puta, eran los Bad Boys, pero cuánto llegan a emocionarte, ahora que van para viejunos y rememoran sus batallitas. 


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