Jackie Brown

Y nos defraudó, un poquito, hay que reconocerlo, la tercera película de Quentin Tarantino. Veníamos de la exégesis del Like a Virgin y del cabreo monumental del señor Rosa, del reloj guardado durante cinco años en un culo y de los caballeros ensangrentados que todavía no podían chuparse las pollas, y esperábamos, impacientes, en el Año del Señor de 1997, un desbarre parecido de nuestro frontudo semidiós, otro guión que alimentara tres años más de cuchipanda recordando las sobradas en las reuniones de amiguetes, hostia tú, qué risa, cuando fulano de tal decía aquello de…



      Pero nos encontramos, ay, con Jackie Brown, que era un Tarantino reposado, taciturno, enfrentado a sus críticos, que venía con ganas de demostrar muchas cosas: que era capaz de escribir un guión sin tanta violencia explícita; que podía desarrollar un jugoso papel para una actriz protagonista; que su target comercial no sólo eran los adolescentes descerebrados y los adultos sin cerebro. Que ya era, en definitiva, un director maduro, un escritor de raza, un creador de mundos respetables. Demasiadas cosas, quizá. Por eso Jackie Brown le quedó un poquitín larga, y un puntín farragosa, para el gusto de quien esto escribe. Le sobran muchos minutos, y muchas explicaciones, y muchos primeros planos de Pam Grier, que en la cultura del videoclub norteamericano seguro que era la reina del Chantecler, pero que aquí, en la ibérica península, era una completa desconocida, y que nos era presentada, además, en el declive muy otoñal de su antigua belleza. Mientras Quentin –entregado, devoto, zalamero- le hacía el amor con la cámara, nosotros, en las salas de cine, echábamos de menos las escenas de Bridget Fonda en bikini, tan rubia, tan sensual, tan puta y tan hija de puta…



         Pero estoy siendo muy injusto con Jackie Brown.  Está Samuel L. Jackson –que es la viva encarnación del chuloputas-, y Robert de Niro –que es la vida encarnación de la estupidez-, y uno vuelve a reírse sin querer con esos crímenes brutales, inesperados, como el de Bridget Fonda en el aparcamiento, que te pillan completamente descolocado y te sacan una reacción espontánea y muy culpable, como de mala persona, como de espectador primario recién salido de Atapuerca. Hay mucha miga en Jackie Brown, pan crujiente con aromas a Tarantino, y el tiempo, justiciero benefactor, la ha ido colocando poco a poco en su sitio. En mi estantería catedralicia, la tercera reliquia de san Quentin reposa en una pequeña y coqueta hornacina al lado del altar mayor, donde refulgen, doradas y benditas, las obras maestras.

Ordell: "¿Qué coño te ha pasado, tío? Antes eras de puta madre",


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