Ex Machina

Nathan, que es el genio informático del futuro, ha construido en su mansión de las montañas el prototipo más avanzado de Inteligencia Artificial que ha conocido la humanidad. El robot, por lascivia juguetona de su creador, posee fisonomía y rasgos de mujer, y ha sido bautizado en laica ceremonia como Ava, que es un nombre muy bien escogido para ser la fundadora de su estirpe, del mismo modo que Yahvé llamó Eva a la primera mujer de nuestra especie.



               Para evaluar las capacidades cognitivas de su humanoide, Nathan ha contratado a un becario con cara de pajillero que en el primer encuentro con Ava se queda prendado de su tecnológica belleza. Su trabajo consistía en pasarle el test de Turing, que es el mismo que Rick Deckard le pasaba a Sean Young en Blade Runner para descubrir que ella no es un ser humano, sino un replicante. Pero el becario, a las primeras de cambio, empieza a tartamudear y a babear sobre el guión establecido. El cuerpo de Ava, aunque posee la formas rotundas de una mujer joven y fértil, es una carcasa traslúcida que deja ver el cableado interior y las bielas metálicas que hacen la función de huesos. Un apaño muy poco sexy, la verdad. Pero el rostro... Ay, el rostro... El tejido artificial que recubre su cabeza luce los rasgos hermosos y cuasiperfectos de Alicia Vikander, la actriz sueca que ya nos rompió el corazón en Un asunto real, y que no por ser morena, ni bajita, ni tener un aire más mediterráneo que báltico, deja de ser una suecorra de las que provocan regresiones a los tiempos del landismo, que hasta una boina y unas cejas postizas me compraría yo para perseguirla por las playas.



                      Y así, con el amor impropio que nace entre un ser humano y una robot que clama por su libertad, por su femineidad -por su sexualidad, también, pues el picarón de Nathan la ha diseñado con una vagina dotada de sensores- se monta el quilombo existencial que articula esta espléndida película titulada Ex Machina (lo que rajaría Ana Botella de este deseo contra natura; se quedaría sin frutas para hacer sus ridículas y católicas metáforas). Al final de la película, enfrentado a los títulos de crédito con mi habitual cara de panoli, con mi jeto de espectador manipulado y muy poco avezado, me ha venido a la memoria el viejo chiste de que si en una partida de póker no sabes quién es el pardillo, es que el pardillo eres tú. Y aquí, el tontol'haba, como decía el sargento Arensivia, es sin duda el espectador, y mucho más si éste hombre y enamoradizo, pues uno, arrobado en la belleza cibernética de la Vikander, conmovido por sus deseos y frustraciones de mujeroide maltratada, no presta atención a las motivaciones ocultas, a los engaños larvados, a las trampas ingeniosas que Alex Garland, director y guionista, va dejando por ahí como pequeños post-its que nunca nos paramos a leer. Y que vienen a decir, en resumen, que si a la inteligencia artificial le sumamos la inteligencia natural de las mujeres, los hombres, pobrecicos, ya podemos apretarnos los machos...


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