El hijo

La fórmula de los hermanos Dardenne es siempre la misma: cogen a un personaje en situación desesperada -físicamente, moralmente, diplomáticamente desesperada- y le persiguen, cámara en mano, doquiera que corre para resolver sus tribulaciones, con el objetivo pegado al rostro, o a las manos, o muchas veces al cogote, según el efecto dramático que anden buscando. Así acosaron a Rosetta, en su búsqueda desengañada de empleo; a Lorna, en su lucha por obtener la nacionalidad belga; al niño de la bicicleta, que no paraba de dar por el culo; a Marion Cotillard, en su humillante súplica para no ser despedida... A veces les salen películas plomizas, reiterativas, y te quedas adormilado con un hilo de babilla si te entrampaste a la hora de la siesta, o con pegamento Imedio sujetando fuertemente los párpados, si caíste en la emboscada a la hora bruja de la medianoche. Otras veces, sin embargo, los hermanos Dardenne aciertan con la tecla, y su neurótica persecución de paparazzis nos regala historias realmente desoladoras, inquietantes, de las de ponerse uno en la piel del protagonista y pasarlas canutas resolviendo dilemas y tomando decisiones inciertas...



            El hijo, por fortuna, pertenece a las películas afortunadas de los Dardenne, y uno, en esta tarde abrasada de julio, ha encontrado en ella el divertimento que no le dieron los ciclistas del Tour de Francia, estancados en sus posiciones del pelotón aunque suban los puertos más escarpados de los Pirineos. Y digo divertimento en su acepción de distracción momentánea, de huida temporal de la realidad, y no, obviamente, de rato pasado entre risas y francachelas, porque los Dardenne, el sentido del humor, lo tienen reservado para su vida privada, y nunca asoma la patita por sus películas agobiantes y tortuosas. A ver quién coño se iba a reír con el drama de este pobre carpintero llamado Olivier, maestro de taller en un centro de rehabilitación para adolescentes que una buena mañana, de esas tan chulas de Bélgica, con el sol hijoputa encerrado a buen recaudo entre las nubes, se encuentra con que su próximo alumno será el mismísimo asesino de su hijo, un chavaluco que acaba de salir del reformatorio y que anda buscando una salida laboral a sus malandanzas. ¿Cómo reaccionará Olivier, el padre despadrado, sin sospechar que dos cineastas palizas lo persiguen con una cámara invisible? ¿Renunciará, perdonará, asesinará...? ¿Se tornará neurótico, psicótico, comprensivo...? Y hasta aquí, queridos gatos del callejón, puedo leer. 


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