Juego de Tronos.The decencia is coming

Introducirse en Juego de Tronos es como abrir una bolsa de pipas. Ves el primer episodio, o cascas la primera semilla, y ya no puedes parar hasta que el sueño te rinde, o la boca se convierte en un estropajo. Sin descanso, embalado como los viejos coches de Fernando Alonso, transito ya los primeros episodios de la tercera temporada, que es un mareo de nuevos personajes, de nuevas tramas, lo que le faltaba a este enredo mayúsculo que sólo en una peluquería de Desembarco del Rey, rodeado de memoriosas marujas de la corte, con sus rulos y sus tintes, podría uno aprehender y recapitular: “Éste es fulano, el hijo de mengana, que dio el braguetazo con zutana, la sobrina de perengano, y heredó los títulos de Conde de Villaleches y de Marqués de Valdehostias”.




            Y los pechos, ay, que cada vez asoman con menos frecuencia entre los ropajes. Los guionistas se nos han vuelto algo gazmoños y remolones. O quizá alguien les ha leído la cartilla desde las alturas de la HBO. Quién sabe. Es posible que los pechos sólo fueran el reclamo publicitario de las dos primeras temporadas, y que ahora, con la gente ya enganchada, con los frikis ya medio locos, los responsables de Juego de Tronos se centren por fin en lo que les interesa, que son los juegos de poder. Nosotros, como adultos hechos y derechos, aplaudimos su sensata decisión, pero no podemos evitar una leve punzada de insatisfacción, una breve inquietud de primate rencoroso, cuando termina un episodio y ninguna túnica se ha deslizado por los hombros,  ningún corpiño ha sido entreabierto con lascivia. Qué opinará de todo esto Pablo Iglesias, en la intimidad de su salón, él que es fan declarado del espectáculo, y analista político de los Siete Reinos.



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