Dioses y monstruos

Tres años antes de que Ian McKellen viajara a Nueva Zelanda para disfrazarse de buhonero y darse de hostias con los Nazguls, mereció, y se le denegó, en injustísimo trato, en severísima ceguera, un Oscar como la copa de un pino - o de un Ent, si lo prefieren- por su trabajo en Dioses y monstruos. Aquejado de un derrame cerebral, James Whale, el padre cinematográfico de Frankenstein, vivía alejado de los platos, de las fiestas de sociedad, recluido en su bonita mansión de Hollywood. En su Yuste de California pintaba cuadros, recordaba batallitas, recibía pulcramente vestido a las visitas. Por las noches, tras cenar la tortillita francesa, veía las viejas películas en la televisión. Si le salía un plan, fornicaba con viejos amantes de los tiempos gozosos, o con musculosos jovencitos que buscaban un pasaporte para entrar en el mundillo. Jimmy Whale, el muy tunante, sobrevivió a varias guerras del siglo XX: al hambre galopante de Londres, a las trincheras europeas de la Gran Guerra, a las puñaladas traperas que le asestaron en Hollywood. Jimmy Whale, Jimmy Whale, se susurra él mismo mirándose al espejo, resumiendo tanta grandeza y tanta decadencia, ahora que está solo y enfermo, y que los recuerdos le asaltan en cualquier circunstancia, fantasmas vívidos y tangibles que le hablan y le reprochan. Qué grande está sir Ian McKellen en Dioses y monstruos, melancólico y vitriólico, picarón y resignado. Qué poco nos importan, esos premios anuales de la Academia, tan generosos con la mediocridad, tan cicateros con el verdadero genio. Nosotros, los descarriados, sólo encendemos el televisor para junar a las churris.


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