Camino de la cruz

Las campanas celestiales que saludaban la muerte de Emily Watson en Rompiendo las olas inauguraron un subgénero de películas que me toca mucho las narices. Comienzan en un tono laico, ilustrado, a veces incluso combativo con la fe, y uno, seducido por el planteamiento, toma asiento para reírse de los crédulos, de los fanáticos, de los que viven pendientes del Triángulo que vigila desde las nubes como el ojo de Sauron. Pero luego, en un giro sorpresivo de la trama, porque la película está financiada bajo cuerda por el Vaticano, o porque el director es un hábil catequista que te enchufa la doctrina por el culo en un descuido de tus nalgas relajadas, la película se vuelve militante, integrista, portadora de verdades reveladas. Dios vuelve a ganar la partida con una atronadora carcajada que retumba en los cielos, y los ateos como yo, que veíamos la película sobándonos los testículos en acto reflejo, sufrimos una descarga catódica para castigar tanta apostasía, tanto regodeo en las burlas al niño Jesús, que lloraba desconsolado en su cunita.




            Hace unos meses me sulfuré por culpa de I Origins, aquella película del científico darwinista que terminaba enredado en las creencias de la reencarnación. Y ahora, casi sin tiempo para sacudirme el azufre, me llega, recién cocida en Alemania, esta hostia sacramental que se titula Camino de la cruz. La película, en sus compases iniciales, es una cosa que da mucho miedo, con ese cura preconciliar que prepara a sus pupilos para la próxima Confirmación. Entre ellos está María, la niña mártir que se va tragando las enseñanzas como Lacasitos de chocolate. Una feligresa disciplinada que emprenderá su propio Via Crucis de sacrificio y salvación... Uno quiere reírse del cura cuando suelta sus barbaridades sobre la vida y el ultramundo, pero el tono es tan crudo, y el plano es tan hierático, como de Michael Haneke o de Ulrich Seidl, que la risa se queda ahogada en la tráquea, y en su lugar asciende un regüeldo de la cena que sabe a hiel y a cosa fermentada. En la segunda escena descubrimos a la madre de María, una pirada que aún no ha salido del  Concilio de Trento y que lleva con mano férrea las riendas de su educación. Una mujer de gesto adusto que al reñir en alemán multiplica por cien su efecto acojonativo, como una guardiana nazi de los campos de concentración. Uno siente compasión por María, la pobre tontaina embaucada, y una repugnancia infinita por esta pandilla de iluminados que no ven más allá de sus alucinaciones neuronales. Llevado por el laicismo militante, uno se cree envuelto en una cruzada como las que encabezaba Voltaire, y casi le grita al televisor "Écrasez l'Infâme", enardecido por tanta majadería. Pero ojo, repito, que esto es cine sibilino y untuoso, y al final, para dejarnos mudos a los ateos, Camino de la cruz esconde una sorpresa y un giro de cámara que hará las delicias de los católicos que ya abandonaban la sala derrotados, o se levantaban del sofá para tomarse un refrigerio de vino consagrado. Nuestro gozo, en un pozo. De perdición.


1 comentario:

  1. Bendito ateísmo, aunque a veces dudo si los católicos apostólicos o los que creen en el poder de las piedras o en Homer Sinpson, no están más acertados porque no se comen la cabeza, ni se vuelven loco como Voltaire, se aferran a sus ideas y al ya sabes Dios lo ha querido así o las estrellas se han conjurado para que esto pase. Así que ya te digo es como cuando alguien dice pobre tontito no se entera de nada, pues bendito él porque al final no se si compensa tanto raciocinio.

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