Nubes plomizas

Más allá de mi habitación, en el mundo real del tiempo atmosférico, las nubes plomizas llevan varios días instaladas en los cielos. No descargan lluvias, ni rayos, ni vientos que refresquen la sensación de asfixia. Simplemente están ahí, flotando, amenazantes, como ovnis gigantescos en las películas de invasiones. El aire del salón pesa y aprieta. Escuece al respirarlo. Sin necesidad de verla en el espejo, noto que mi cabeza abulta el doble de su tamaño natural, ya de por sí exagerado. Me cuesta mantenerla erguida, atenta, enfocada hacia las películas y las series. Se me cae hacia los lados, aburrida, o hacia delante, somnolienta. Con las nubes grises han llegado al mismo tiempo, como asociadas, o como por casualidad, las series grises, y las películas sin chicha. O quizá soy yo, que en esta enfermedad de la macrocefalia no le saco el gusto a nada. Aunque me siento delante del televisor como todas las noches, los problemas del mundo real permanecen ahí, en el primer plano de la conciencia, clavados en la frente con chinchetas que hieren y me hacen sangrar. Mis ojos y mis oídos buscan desesperados el drama, el chiste, la acción que debería curarme de la realidad, pero sólo encuentran páramos de aburrimiento, apenas tres o cuatro oasis diminutos en los que tomar sombra y respirar. 

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