Louie. La timba

Mientras barajan las cartas, Louie y sus colegas le toman el pelo a un amigo gay, dominados por una curiosidad insaciable sobre sus prácticas sexuales. El amigo responde de buena gana a todas las preguntas, desde la más científica a la más pornográfica, porque sabe que en la timba reinan la confianza y el buen rollo. Louie no es, como se ve, una serie apta para todas las sensibilidades. Aunque sí para la mía, afortunadamente, criado en los barrios bajos, educado en los colegios de curas, refinado entre amistades muy poco recomendables. Para mi gusto degenerado, esos siete minutos de cachondeo son oro puro de la comedia. Ni al mismísimo Tarantino se le hubiese ocurrido un prólogo de semejante calibre.

            Me he reído tanto que luego, el resto del episodio, lo he seguido algo perdido, con los chistes del inicio rebotando todavía en mi cabeza. Tendré que volver a verlo, para retomar el hilo de la serie. Aunque aquí, la verdad, no hay mucho hilo que seguir: Louie sale al escenario, cuenta sus monólogos obscenos de la edad cuarentona, y luego, en la vida real, lidia con realidades igualmente obscenas y desoladoras, apenas pasadas por el tamiz de la ironía o de la caricatura. Louie es el vecino que le faltaba a Jerry Seinfeld en su bloque de apartamentos de Nueva York: sarcástico como Jerry, patético como Costanza, bonachón como Kramer. Hubiese encajado como un guante en aquella serie irrepetible y mítica.


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