Filth

Llego muy desconfiado a Filth, que se anuncia como una película de humor posmoderno al estilo de Guy Ritchie. En los compases iniciales, que no son nada prometedores, aparece Irvine Welsh en los títulos de crédito, y uno, por esas cosas de la nostalgia, siente un escalofrío de bendición al recordar Trainspotting y sus locas travesuras. Me arrellano, pues, en el hueco homersimpsoniano del sofá, algo más confiado y risueño. Son las once de la noche y el sueño todavía está lejos, muy lejos, acercándose a veinte por hora por una carretera secundaria del cerebro.



            El primer chiste de Filth, acompañado de música punk y molona, es el asesinato de un chico japonés a mano de unos poligoneros escoceses, o mejor dicho, a pie, porque estos, apostados en un paso subterráneo, lo cosen a patadas mientras el muchacho se defiende haciendo escorzos patéticos de Bruce Lee, por ver si les asusta. La violencia es, a falta de otro adjetivo mejor, gratuita, y no tiene ni puta gracia. Y esto lo dice un espectador que se lo pasa teta con las películas de Quentin Tarantino. No es el asunto moral lo que me indigna, sino lo tonto de la situación, lo ridículo de la banda sonora, la gracia estúpida del pobre japonés imitando al profesor Miyagi.

            El segundo chiste es un niño malcriado haciéndole la puñeta a nuestro dicharachero protagonista, un detective que va echando pestes de sus compatriotas escoceses. El antihéroe, que es un tipo duro de gesto desafiante, le devuelve la puñeta al chaval, y por partida doble, con ambos dedos corazón señalando al cielo nublado, y además, de premio, para regocijo de los espectadores más limitados, le quita el globo de las manos y lo suelta al albur de los vientos. Un jicho, el tío. Un descojone, vamos.

            El tercer chiste -por llamarlo de algún modo, y aún no hemos superado los diez minutos de metraje- es el mismo detective soltando un pedo silencioso en la reunión mañanera de la comisaría, y descojonándose por dentro al ver la reacción de sus compañeros, que olisquean las heces volátiles lanzándose miradas acusadoras. Humor inglés, que se dice. La música que acompaña estas memeces no ha dejado de sonar, discotequera, popera, como de canal VH1 a las seis de la tarde. Filth, por mucho Irvine Welsh que avale sus argumentos, es un truño de mucho cuidado, ridículo y desquiciado. A lo mejor la novela es un deshueve, no digo que no, pero su traducción en imágenes es una cosa de vergüenza ajena. Son las once y diez de la noche y el sueño todavía está en las primeras curvas de su sinuoso trayecto. Ascensor para el cadalso, el clásico noir de Louis Malle, espera turno en el disco duro. Pero eso, queridos gatos del callejón, será otra película...


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