24 Hour Party People

Si en la película de ayer Ian Curtis salía retratado como un chico majete de espíritu atormentado, hoy, en 24 Hour Party People, aparece como un tipo arisco con cara de lunático. Son dos reflejos contradictorios del mismo alma dolorida. Control parte de una biografía escrita por Debbie Curtis, la viuda del cantante, que a pesar de sus infidelidades le recuerda cálidamente en el guión. 24 Hour Party People, por contra, pinta una visión más distante, más irónica, seguramente basada en testimonios de quienes una vez le conocieron o le saludaron. De cualquier manera, el genio de Ian Curtis sale bien parado en ambos acercamientos.



       24 Hour Party People, a la que era inevitable rendir visita tras Control, es una película libérrima, descacharrada, divertidísima. Sus imágenes, sus verborreas, sus montajes, todo va al compás de la historia frenética que nos cuenta: el Manchester musical de los años setenta y ochenta, con el punk, el postpunk, el surgimiento del acid house y las rave partys. Una bendita locura que Michael Winterbottom convirtió en una obra maestra, en un clásico instantáneo. Yo sé de gente que se marea, que se cansa, que no le pilla la gracia a 24 Hour Party People. Pero hace tiempo que dejaron de ser mis amigos, y ya no pierdo el tiempo con gente que no trato. Les reconozco, eso sí, que nada hubiera sido igual sin la presencia de Steve Coogan. Él es el alma de la película, su guía espiritual. Steve Coogan es un Tony Wilson ficticio que habla del Tony Wilson real como si fueran viejos amigos separados por la pantalla. Un juego de identidades original y socarrón en el que caben el humor y la nostalgia, el fracaso y la pasión.



            Alrededor de Tony Wilson -de cuya vida privada apenas se nos cuentan tres amoríos- bailaron los músicos geniales, los cantantes drogados, los productores alcohólicos, los representantes codiciosos, los traficantes de éxtasis, las grupis despelotadas... Wilson fue el eje central de toda esta movida. Por las mañanas se ganaba el sueldo haciendo reportajes idiotas para Granada TV, la televisión local, pero luego, por las noches, se transformaba en el factótum de la vanguardia musical. Él presentaba el único programa donde tocaban los chicos malos y ruidosos. El Paloma Chamorro de aquella Edad de Oro británica. Tony era el dueño de Factory Records, el sello musical de los contratos escritos con sangre (sic) que lanzó los discos de Joy Division, de New Order y de Happy Mondays. Tony era el dueño arruinado de The Hacienda, local que nació como sala de conciertos para el postpunk y terminó siendo la macrodiscoteca que predicó la New Wave a los cuatro vientos. Si nos atenemos al guión de la película, Tony no ganó ni un duro con estas aventuras nocturnas. Él trabajaba para evangelizar a las masas, para llevarles del mensaje divino de una nueva música. Es por eso que la película termina con una visita privada de Dios, que lo anima y lo felicita.


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