Richard Pryor: Omit the logic

Llevado por los consejos de Ignatius Farray, que es un cómico muy respetado en este blog, descargo y veo ilegalmente el documental Richard Pryor: Omit the logic, que es un biopic sobre la figura desbordante, excesiva, contradictoria, del cómico norteamericano ya fallecido. Farray asegura que Richard Pryor es el comediante más grande que parió el género del stand-up, y eso que ahí se batieron el cobre tipos como Jerry Seinfeld, Louis C. K. o Woody Allen. Este humilde cinéfilo sólo conocía a Richard Pryor por sus malas películas, por sus gesticulaciones de actor clown que tal vez tronchaban a los americanos de Kansas City, pero que aquí, en los cines ibéricos, y eso que uno de chaval se reía con cualquier cosa, nos dejaban a los espectadores petrificados, como buscando la gracia que tal vez revoloteaba por los techos, o se nos había escurrido entre las piernas. Uno -y que los dioses de la comedia me perdonen- sólo recordaba a Richard Pryor haciendo el ganso en Supermán III o en No me chilles que no te veo, infraproductos que ahora mismo no resistirían ni la mera curiosidad. El consejo de Farray parecía exagerado y algo mitómano.




            Y vaya, si lo era. Si en las películas Richard Pryor no tenía ninguna gracia, el buen hombre, que se nos fue enfermo de casi todo y adicto a casi todo, en el stand-up comedy, la verdad, también le ha dado plantón a mi sonrisa. El documental va desgranando sus actuaciones antológicas, sus chistes celebérrimos que los americanos celebran a carcajadas como aquí todavía nos descojonamos con Chiquito de la Calzada, un lago negro un lago blanco y pecador de la pradera, cosas así. El mérito de Richard Pryor, que alcanzó el estrellato en la década de los 70, residía en decir cosas que por entonces estaban censuradas y prohibidas. Criado en un burdel de los barrios bajos de Illinois, Pryor era un tipo desinhibido y procaz que decía motherfucker, y kiss my ass, y nigger, sobre todo nigger, como en una precuela de las películas de Tarantino, y esos excesos encendían a su público y escandalizaban a los temerosos de Dios, que colapsaban las centralitas para que alguien hiciera callar a ese negro obsceno y malhablado. En la década de los 70 uno también se hubiera partido el culo con estos números, pero ahora, cuarenta años después, estas cosas suenan a caca-culo-pedo-pis. A Ignatius también le va el rollo escatológico en sus actuaciones, pero en el trasfondo de sus historias vive un tipo sencillo, buenote, que cuenta anécdotas bizarras con un punto de verdad y mala leche. Yo me río más con él que con Richard Pryor, desde luego. No le compro el consejo, a Ignatius, pero le sigo comprando a él. 


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