El año más violento

De niño, en mi casa, siempre escuché que ningún negocio próspero podía ser honrado. Que quien amasaba una fortuna estaba engañando a sus empleados, o a sus clientes, o a los inspectores de hacienda. O a todos a la vez. Y uno, que pensaba que estas cosas se afirmaban por envidia, o por resquemor proletario, porque éramos humildes y barriobajistas, ha ido comprobando con los años que mis antepasados tenían más razón que unos santos. Santos laicos, por supuesto. Estos que ahora se llaman emprendedores, y que antes, sin el eufemismo moderno, llamábamos negociantes, no podrían comprarse el chalet de lujo ni el Porsche deportivo sin cometer alguna de esas triquiñuelas. Los negocios honrados sólo dan para vivir dignamente, para ganarse el sustento con holgura, pero no para sacar enjoyada a la señora, ni para llevarla de viaje a las Chimbambas para que nos perdone la infidelidad con la rubia secretaria.  




            En El año más violento, Abel Morales es un inmigrante latino que ha hecho fortuna en el Nueva York de los años ochenta con el transporte de combustible. Su flota de camiones cisterna es la más eficiente en la ciudad, y eso le granjea el rencor de sus directos competidores, emprendedores del sector que le declararán una guerra mafiosa para joderle el negocio. Abel Morales, al que da vida un inquietante Oscar Isaac con aires de Al Pacino, se niega a entrar en este juego de violencias y contraviolencias, porque él se intuye un capitalista de verdad, y no un matón de tres al cuarto. Pero no por ello va a granjearse nuestras simpatías, no al menos la mía, aunque J.C. Chandor, director y guionista de sus aventuras, insista sibilinamente en que lo compadezcamos. Abel es un defraudador de hacienda, y un jeta de mucho cuidado. Gracias a los tejemanejes de su eficiente contable, que al mismo tiempo es su guapísima mujer, la Jessica Chastain de mis entretelas, este tipo sustrae jugosos dineros que la ciudad de Nueva York, o el gobierno federal, necesitaría para mejorar sus servicios sociales, o para subir el sueldo de sus sufridos funcionarios. Aunque reniegue de la violencia y vista trajes carísimos, Abel Morales no está muy lejos de su vecino del río Hudson, Tony Soprano, aunque éste se decante por soltar hostias y lleve camisetas imperio para desayunar.


2 comentarios:

  1. Coñoooo pero todavía te sorprendes, a ti no te toco traducir en COU la conspiración de Catilina, pues todo sigue igual solo cambian los personajes.
    Y como Zaz en su canción Je Veux, estoy segura que no ha todo el mundo le mueve el dinero, aunque ayuda a pagar unas cervezas.
    Y joderrrr alaga algúna morena de vez en cuando que pareces racista coño. Que las latinas no somos ninfas del bosque pero estar estamos.

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  2. Este blog es sólo un puñadico de obviedades. Las cosas profundas se las dejo a Kant.
    Natalie Portman, Leonor Watling, Katherine Keener, Rebecca Hall... Las amo y las cito mucho en este blog, y no son rubias. Es la racha.

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