Beginners

En Beginners sale un perro que como en el teatro isabelino tiene un papel principalísimo y se lleva gran parte de nuestras simpatías. Se llama Arthur y tiene, incluso, unos diálogos escritos en perrúnico, muy graciosos y bien traídos. Pero el chucho, a fin de cuentas, ha resultado ser lo de menos. En Beginners he visto la historia de amor más bonita de los últimos tiempos cinéfilos. Obi-Ewan-Kenobi y esta chica caída del cielo parisino llamada Mélanie Laurent protagonizan un flechazo inolvidable y diferente, elegante y emotivo, que espero, por los dioses más sagrados, preservar para siempre del hambre voraz de las garrapatas del olvido.



       El problema de Beginners es que las historias de amor sencillas y redondas dan, como mucho, para un cortometraje. Chico se enamora de chica, chica se enamora de chica, y ambos, cogidos de la mano, dejan transcurrir un par de citas corteses antes del primer folleteo que siempre resulta delicado y algo torpe. Punto final. Mike Mills, que es el responsable de la función, aventura una crisis sentimental para intentar estirar el chicle del drama, pero no hay caso. La química entre Obi-Ewan y Mélanie Laurent es demasiado poderosa, con muchos enlaces covalentes y mucho electrón enredado en la danza de las órbitas, y ningún espectador en su sano juicio se cree estas dudas de última hora: que si no estoy preparado para el compromiso y que si no te merezco de lo guapa que eres y tal y cual. Chorradas. El mismo Mike Mills cancelará su propuesta en un arrepentimiento súbito de guión, y para rellenar la hora larga que lo separa de una película convencional se inventará lo del perro parlanchín, que tiene su encanto, y lo del padre de Obi-Ewan, un homosexual reprimido que saldrá del armario a los 75 años, nada más enviudar, y que se lleva la otra mitad de la película. Uno, que es un hombre liberal nacido en el ocaso del siglo XX, simpatiza con el personaje, y aplaude su valentía personal, su locura genital de las últimas sexualidades, pero los minutos que el abuelete chupa son minutos en los que Mélanie Laurent, la francesa, la delicada, la guapísima, no sale en pantalla, y eso, por el bendito Robespierre, no se lo perdono.



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