Alma salvaje

Max, mi homínido interior, al que los lectores veteranos recordarán de otros escarceos sexuales, tarda mucho en reaccionar cuando la actriz que uno recordaba bellísima aparece en pantalla afeada, desastrada, maquillada de mujer mortal por exigencias del guión.
En Alma salvaje, que es una road movie con pocas carreteras y muchos senderos, Reese Witherspoon recorre los dos mil kilómetros que separan México de Canadá atravesando desiertos resecos, pasos de montaña, pueblos de paletos muy parecidos a Cletus el de Los Simpson. Max empieza muy excitado la función, porque Reese, en los compases iniciales, es nuestra querida Witherspoon de siempre, tan rubia, tan pequeñita, tan morbosamente deseable. Pero tate, porque nuestra heroína tarda pocos fotogramas en llenarse de barro, de polvo, de cicatrices que arañan su cara de sempiterna adolescente. Además, para interpretar a su personaje, que es una pelandusca y una drogadicta de mucho cuidado, que busca redención en la aventura solitaria y senderil, Reese frunce el ceño, y se pone adusta y pensativa, y de pronto, en un lapso temporal del que Max reniega con sollozos, y del que yo, compungido en mi sofá, tampoco quiero saber nada, nuestra chica cumple de sopetón los casi cuarenta años que figuran en su DNI, o lo que lleven en su cartera la mujeres hermosas nacidas en Nueva Orleans.


Alma salvaje es muy entretenida cuando Reese, o lo que queda de ella, avanza decidida por los paisajes de Norteamérica, que son bellísimos y realmente salvajes, casi como si el hombre blanco, o la mujer blanquísima, los estuviera pisando por primera vez. Pero el director de la función, Jean-Marc Vallée, que es un pesado de mucho cuidado, un director que convierte en truño cualquier oro que le confían, prefiere atormentarnos con flashbacks que nos arrancan del paisaje para depositarnos en las habitaciones de hotel donde Reese se pincha la heroína, o se deja follar por tipejos desdentados que tal vez no la distinguen de los almohadones. Aunque Reese sale parcialmente desnudica en estas digresiones narrativas, son escenas feas, oscuras, de una redundancia cansina que Max celebra alborozado con sus platillos, porque de vez en cuando se atisba una tetica, un muslamen, pero que mi yo cinéfilo rechaza por aburridas y por cargantes. Uno quiere, en todo momento volver a las montañas, a los secarrales, a los bosques de coníferas que te dan la bienvenida cuando atraviesas la frontera de Oregón, pero Jean-Marc, que busca su propio destino, y Nick Hornby, que lo sacas del fútbol y se nos pierde en florituras, han decidido que no, que lo importante es lo que Reese recuerda, y no lo que Reese contempla, un viaje psicológico de manual de autoayuda para el que no se necesitaban tantas alforjas.


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