Yo, yo mismo e Irene

Los fieles lectores ya saben que dentro de mí vive un antropoide llamado Max, un eslabón perdido que mira mis películas pendiente de una teta, de un vello púbico, de un apareamiento lúbrico entre hombre y mujer. O entre mujer y mujer, si hay un poco de suerte. Como yo nunca veo los documentales de La 2, donde los simios fornican haciendo equilibrios sobre las ramas, Max, el pobre, que vive solitario en mis entrañas, se consuela con las sexualidades menos peludas y más sofisticadas de los seres humanos.
            Siempre que enciendo el televisor para ver una película, Max deja de columpiarse en el neumático y se asoma a mis ojos, a ver en qué trajines nocturnos me voy enredando. Cuando hay chicha y mondongo, él sonríe con sus dientes de macaco y le noto feliz y risueño. Cuando hay drama humano o filosofía existencial, Max lanza dos o tres bostezos de aliento fétido y regresa a sus aposentos, a jugar con las lianas y las cajas de plátanos. Le siento trastear sin ganas, apático, como atrapado en la jaula de un zoológico. Me da mucha pena el pobre animal, pero yo tengo un neocórtex que a veces necesita alimentos complejos para nutrirse. 



            Es por eso que a veces, cuando le noto al borde de la depresión, le concedo la oportunidad de elegir la película del día. Es su dedo simiesco el que recorre los lomos de los DVDs, o las entrañas de los discos duros, buscando un argumento simplón y divertido. Últimamente, no sé por qué, a Max le ha dado por las películas de los hermanos Farrelly, que tienen mucho chiste grueso y mucho cachondeo sexual, aunque a la hora de la verdad nunca se vea ninguna teta, ningún escorzo desnudo de artes amatorias. Y yo, que también tengo alguna mezcla genética de Neanderthal, doy mi plácet a la proyección de estas películas tan chuscas y lamentables. Y tan descojonantes, sí.

          Yo, yo mismo e Irene es una de nuestras películas preferidas. Hay chistes de masturbaciones, de consoladores, de actos sexuales prohibidos en varios estados de la Unión. Jim Carrey es lo más parecido a un mono saltimbanqui de los que pululan por la selva, y su compañera de reparto, Renée Zellweger, hace mohines labiales como de macaca enfurruñada. Antes de que engordara para hacer de Bridget Jones y se olvidara luego de adelgazar, y mucho antes de que confiara su rostro a las artes pictóricas de Cecilia la del Ecce Homo, Renée era la mujer más guapa que Max y yo habíamos conocido en el mundo virtual. Su rostro de adolescente noruega nacida en Texas nos volvía muy loquitos a los dos. A otros usuarios de la belleza les parecía que Renée tenía cara de empanada, de queso gallego, de mofleturas grasientas y poco estimables. Pero a Max y a mí nos molaban mucho estos pequeños excesos de la naturaleza, porque somos primates atados al instinto, y sabemos que lo imperfecto suele ser lo más sano y natural. Y Renée, con su cara de lapona, y su rubio de anglosajona, rezumaba salud por cada peca de su piel, por cada destello azul de sus ojazos achinados. Qué pena que te fuiste, Lulú.


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Nastassja Kinski

Escucho, en un recopilatorio de pop ochentero, este homenaje a Nastassja Kinski del grupo Las ruedas. Y es que Nastassja, por aquella época, era la mujer que volvía  locos por igual a los adolescentes, a los universitarios con novia  y a los hombres hechos y derechos. Pronunciábamos su nombre, Nastassja, y se nos deshacía la boca en eses germánicas de deseo; luego decíamos Kinski, y era como paladear el enigma consonántico de la belleza centroeuropea.

Es mejor, mejor así,
no pensar en despertar.
Imaginar que estás aquí
y eso es cerca de mí.
Imaginar…
Bueno vale,
ok, Nastassja Kinski
Yo ya sé que no es verdad
que no es real, ¡y qué más da!.
Imaginar…
Bueno vale,
ok, Nastassja Kinski.


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La cosecha de hielo

Hace ocho años, cuando este sofá tenía ocho muelles más y soportaba ocho kilos menos, La cosecha de hielo me pareció una película ingeniosa, con unos diálogos chispeantes y una femme fatale, Connie Nielsen, de quitar el hipo y cantar todos juntos viva Dinamarca y la madre que la parió. Hoy, sin embargo, en este homenaje a la memoria de Harold Ramis, me he quedado tan frío como la cosecha de marras. Serán los kilos de más, que me incomodan, o los muelles de menos, que ya no me sustentan el culo. Sólo la señorita Nielsen, en la flor espléndida de sus cuarenta coronas danesas, ha caldeado un poco estas nórdicas heladas de la madrugada. Y eso que esta vez, quizá porque me he vuelto un maniático con los detalles, o quizá porque llevo las gafas mejor graduadas que antaño, he encontrado en su jutlándico rostro unas arrugas y unas patas de gallo que a punto han estado de aguarme la fiesta. Peccata minuta, en cualquier cosa, si hablamos de su belleza apabullante. ¡La encarnación mortal de Jessica Rabbit!, nada más y nada menos, con ese peinado de los años cuarenta y esos labios de rojo fuego que gritaban bésame, o cómeme, o las dos cosas a la vez.




Tal vez la película se ha quedado vieja, o yo me he vuelto muy quisquilloso, pero hoy los diálogos me han sonado forzados, literarios, como de personajes de novela que siempren tienen la frase exacta, el ingenio preciso, incluso encañonados por un revólver o atravesados mortalmente por un puñal. Una cosa que podrías tragarte en las novelas, o en los westerns de la época dorada, pero no ahora, que los espectadores nos hemos vuelto muy exigentes con la veracidad. Queda la excusa de que La cosecha de hielo quiere jugar la baza de la comedia, del intermezzo tarantiniano que divaga entre chistes y ocurrencias mientras se aproximan las matanzas y los tiroteos. Pero estas cosas sólo las clava el entrañable frentón. Y Guy Ritchie, quizá, en sus primeros tiempos de los mafiosos deslenguados, antes de que Madonna le sorbiera los tuétanos, y más cosas, en las batallas de la cama. 


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Dos días, una noche

La última película de los hermanos Dardenne iba a titularse Los juegos del hambre, porque sus personajes, trabajadores manuales de una empresa en crisis, están jugándose el pan y las habichuelas. Pero el título, que les venía al pelo, ya lo tenían cogido en la saga de Jennifer Lawrence, así que se decantaron por un título más escueto y convencional, Dos días, una noche, con resonancias a tiempo de condena, a tiempo de espera insoportable.
            Nuestro emprendedor de hoy reúne a sus trabajadores y les plantea que no hay dinero para todos: si quieren cobrar la bonificación de mil euros habrá que despedir a la compañera que en esos momentos está de baja, un ama de casa depresiva que lo ve todo negro y toma demasiadas pastillas para verlo blanco. Así de sencillo: o la paga, o la readmisión. Unos, la minoría, que son los menos necesitados o los más sensibles a estas cuestiones tan arcaicas de la solidaridad obrera, preferirán quedarse sin bono antes que destrozar la vida laboral de una compañera. La mayoría, en cambio, que vive en la precariedad de unos sueldos misérrimos y de unos hogares que se les van cayendo a trozos, escogerán la reforma de sus baños o de sus terrazas antes que entonar La Internacional con el puño en alto abrazados a su tovarich.



            Los negreros de Marion Cotillard le concederán un fin de semana -los dos días y la noche del título- para que convenza a sus compañeros de renunciar a la gratificación. Mil euros a cambio de la satisfacción del deber cumplido, de la buena digestión de la próxima comida, del plácido sueño de la próxima noche, sin fantasmas ni remordimientos. Pero la cosa, ay, está muy jodida, y los obreros del siglo XXI ya no entienden de banderas rojas ni de acorazados bombardeando puertos en Ucrania, o en Bélgica. Los proletarios de hoy han nacido con el corazón de pedernal, y con el egoísmo por bandera. La película de los Dardenne te arranca el socialismo del alma y te lo pisotea para devolvértelo ya sin sangre y todo engurruñado. No hay optimismos, ni concesiones, como en las otras películas combativas de Ken Loach, donde siempre hay un motivo para la esperanza.

            Por suerte para nosotros, la película de los Dardenne no hay cristiano ni socialista que se la crea. Las mujeres como Marion Cotillard no van por ahí mendigando trabajos mal pagados, ni están casadas con camareros de Burger King de cuarenta tacos ya cumplidos. En la vida real, las mujeres tan hermosas como ella, por mucho que los Dardenne traten de afearla y de poligonizarla, están casadas con el jefe, con el capataz, con el esclavista de turno. Lucen sus cuerpos espléndidos y sus caras bellísimas en las piscinas privadas que sufragan las plusvalías. O se dedican, por supuesto, como la propia Marion, al noble arte de la actuación. No es a Sandra, sino a la Cotillard, a quien vemos llorosa y desesperada, y eso hace de Dos días, una noche una película de ciencia ficción, y no un réquiem doloroso de la clase obrera. Menos mal. 


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Seinfeld. Hombres y mujeres

De Seinfeld:
"Las mujeres necesitan que les guste el trabajo del hombre con el que salen. Si no les gusta su trabajo, no les gusta él. Los hombres lo sabemos, y por eso nos inventamos esos títulos tan rimbombantes para los  trabajos que desempeñamos. “Ahora mismo soy supervisor regional de administración. Me dedico a la asesoría de investigación y desarrollo...” Sin embargo, cuando nos sentimos atraídos físicamente por una mujer, no somos tan exquisitos con el trabajo de ella. ¿Verdad? A nosotros nos da igual. Los hombres decimos: "¿En el matadero? ¿Ahí trabajas? ¡Qué interesante! ¿Tenéis unos enormes cuchillos y cortáis cabezas? Suena bien. Oye, bonita, ¿por qué no te das una ducha y nos vamos a tomar una hamburguesa?".

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Seinfeld. George Costanza y el cortejo

Cuando uno, en la vida real, se topa con una mujer de belleza inalcanzable, el instinto, irracional, se pone a funcionar por sí mismo, y maquina estrategias para iniciar el cortejo: podría implantarme pelo, desarrollar los músculos, teñirme de rubio… Acortar distancias con esta mujer venida de otro planeta. No importa lo feo o intrascendente que uno sea: es la pura biología que toca diana y pone firmes a los genes somnolientos. Son pensamientos estúpidos, reflejos, que uno desecha rápidamente porque ningún polvo del siglo merece semejantes humillaciones ni sacrificios. Uno es lo que es, y anda siempre con lo puesto, que cantaba Serrat. También surgen soluciones psicológicas, actorales, que consisten básicamente en hacer el ganso, en ponerse gracioso, a ver si la mujeraza es lo suficientemente estúpida y muerde el anzuelo. El mismo George Costanza, en Seinfeld, se lamenta de estas ridículas actitudes a las que se ve obligado para ligar:

George: Eso es lo que pasa con las mujeres. Empiezo demasiado fuerte, y luego, al volver a ser yo mismo, es cuando se desmorona todo. Ser uno mismo… ¿De qué te sirve? Te prefieren gracioso.
Elaine: No, no es así
George: Claro que sí, Elaine. Tienes que montar un numerito. Siempre tienes que montar un gran numerito. Tienes que estar actuando. Si no, ¿por qué van a preferirme a mí? Se buscarían a un tipo más atractivo y con dinero. Vamos, que no hay más cera que la que arde…




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El año más violento

De niño, en mi casa, siempre escuché que ningún negocio próspero podía ser honrado. Que quien amasaba una fortuna estaba engañando a sus empleados, o a sus clientes, o a los inspectores de hacienda. O a todos a la vez. Y uno, que pensaba que estas cosas se afirmaban por envidia, o por resquemor proletario, porque éramos humildes y barriobajistas, ha ido comprobando con los años que mis antepasados tenían más razón que unos santos. Santos laicos, por supuesto. Estos que ahora se llaman emprendedores, y que antes, sin el eufemismo moderno, llamábamos negociantes, no podrían comprarse el chalet de lujo ni el Porsche deportivo sin cometer alguna de esas triquiñuelas. Los negocios honrados sólo dan para vivir dignamente, para ganarse el sustento con holgura, pero no para sacar enjoyada a la señora, ni para llevarla de viaje a las Chimbambas para que nos perdone la infidelidad con la rubia secretaria.  




            En El año más violento, Abel Morales es un inmigrante latino que ha hecho fortuna en el Nueva York de los años ochenta con el transporte de combustible. Su flota de camiones cisterna es la más eficiente en la ciudad, y eso le granjea el rencor de sus directos competidores, emprendedores del sector que le declararán una guerra mafiosa para joderle el negocio. Abel Morales, al que da vida un inquietante Oscar Isaac con aires de Al Pacino, se niega a entrar en este juego de violencias y contraviolencias, porque él se intuye un capitalista de verdad, y no un matón de tres al cuarto. Pero no por ello va a granjearse nuestras simpatías, no al menos la mía, aunque J.C. Chandor, director y guionista de sus aventuras, insista sibilinamente en que lo compadezcamos. Abel es un defraudador de hacienda, y un jeta de mucho cuidado. Gracias a los tejemanejes de su eficiente contable, que al mismo tiempo es su guapísima mujer, la Jessica Chastain de mis entretelas, este tipo sustrae jugosos dineros que la ciudad de Nueva York, o el gobierno federal, necesitaría para mejorar sus servicios sociales, o para subir el sueldo de sus sufridos funcionarios. Aunque reniegue de la violencia y vista trajes carísimos, Abel Morales no está muy lejos de su vecino del río Hudson, Tony Soprano, aunque éste se decante por soltar hostias y lleve camisetas imperio para desayunar.


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Conversaciones con Woody Allen

Del libro de conversaciones de Woody Allen con Eric Lax:
             “Mi visión de la realidad es que siempre ha sido un lugar inhóspito donde estar [hace una pausa y deja escapar una leve risa], pero es el único lugar donde se puede encontrar comida china”.



   
     “De niño solía meterme en el cine para evadirme, a veces veía hasta doce o catorce films a la semana. De adulto he podido permitirme una vida en cierto modo regalada. Hago las películas que quiero hacer, y por lo tanto durante un año consigo vivir en ese mundo irreal lleno de hermosas mujeres, hombres ingeniosos, situaciones dramáticas, trajes de época, decorados y realidades manipuladas. Por no mencionar la música maravillosa y los lugares a los que tengo acceso. [Ríe] Ah, y a veces hasta consigues salir con alguna de las actrices. ¿Qué más se podría pedir? El cine me ha brindado un modo de evasión en la vida, pero al otro lado de la cámara, en lugar de hacerlo del lado del espectador. Resulta irónico que haga películas con fines de evasión, pero no es el público quien se evade, sino yo”.



Eric Lax: Un psiquiatra que le entrevistó escribió que había algo aniñado en su modo de ser. ¿Tiene sentido dicha afirmación? ¿Se ve como un niño?
Woody Allen: Entiendo que se me pueda ver infantil más que aniñado. [...] Puede que mi torpeza para las relaciones sociales me haga parecer inmaduro. Hay muchas cosas que me provocan fobia o ansiedad en general, como asistir a cenas y conocer a gente nueva, viajar y [ríe] la ducha. Siempre lo he pasado mal con las cosas más triviales de la vida. Puede que ese psiquiatra al que se refiere no ande tan desencaminado. 

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El gato conoce al asesino

"Cine noir mezclado con deliciosa comedia", leí hace unas semanas en la revista de cine a propósito de El gato conoce al asesino, jocoso-thriller de los años setenta. "Deliciosa", decía el crítico especializado... Vaya truño de experiencia. O algunas películas han cogido demasiado polvo, o yo he cogido demasiados prejuicios, demasiadas distancias con el cine viejuno. O será que esta cinefilia mía de Tercera División no alcanza para desentrañar tanta sutileza y tanto arte escondido. Será eso.
            El gato conoce al asesino es una película a ratos incomprensible, de tan enredosa que resulta, como si hubieran hecho un remake de El sueño eterno pero sin el carisma de Humphrey Bogart, ni la belleza de Lauren Bacall.  Robert Benton, director y guionista del asunto, se debió de coscar de estas inconsistencias durante el rodaje, y a veces detiene la acción -vamos a llamarla así- para que sus personajes hagan resúmenes de la trama delictiva, y no perderse ellos mismos en sus farragosas deducciones. "Vamos a ver si me aclaro: Fulano mató a Mengana y luego robó a Zutano para encubrir a Perengano..."


            Pero no es lo detectivesco lo peor de la película, porque al fin y al cabo, siempre que hay un investigador acechando y un criminal campando a sus anchas, uno tiene, desde los tiempos infantiles de Colombo o de Mike Hammer, el hábito reflejo de mirar y atender. Lo peor son los trazos de comedia, que son bobos, y estrafalarios, protagonizados por esa actriz tan adorada por los americanos y tan desconocida por estos lares llamada Lily Tomlin. Cuando te pones a contar chistes en mitad de de un asesinato sangriento, hay que tener mucho cuidado de no caer en el abismo del ridículo. Y aquí, desde la primera gracia metida con calzador, la película se va despeñando en caída libre como la figura de Don Draper al inicio de Mad Men. No pega, no cuela, no casa, este intento pre-tarantiniano de buscar la descojonación en presencia de un cadáver destripado.

            Y así, muerto a muerto, parida a parida, el bostezo se fue adueñando de la medianoche dominguera. Regresaron los partidos de fútbol a la memoria, los de hoy, y los del sábado, en moviola continua de alegrías y frustraciones. Y mientras se me iba la pinza por los verdes céspedes del balón, ellos, los detectives inverosímiles, seguían buscando al gato de marras, y al asesino que sólo él conocía. 


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Magia a la luz de la luna

En la película Orígenes, Mike Cahill, que es un jovenzuelo que todavía disfruta del esplendor de la hierba, de la gloria de la juventud, no tuvo el valor de apoyar a su personaje en la cruzada científica contra el espiritismo. El doctor Ian, que con sus experimentos pretendía acabar con los des-razonamientos de los creacionistas, terminó convertido a la fe de los que defienden la reencarnación de las almas, en un guión tramposo y torticero que financiaba el poderoso lobby de los metafísicos. En Orígenes, tras las falsas esperanzas ofrecidas a los espectadores descreídos, finalmente triunfaba el más allá, el mundo fantástico de los espíritus. Y uno se quedó en el sofá con cara de tonto, como si le hubieran colado una homilía por toda la escuadra.



            En Magia a la luz de la luna, sin embargo, mi hermano Woody Allen, que ya va camino de los ochenta años, tiene la decencia moral, la valentía vital, de no dejarse engañar por los cantos de sirena que le anuncian un más allá donde podrá seguir rodando una película cada año. Woody Allen es demasiado inteligente, demasiado lúcido. El personaje de Colin Firth es un ilusionista que en sus ratos libres asiste a sesiones de espiritismo para desenmascarar los trucos de los adivinos, de los médiums, de los mensajeros que traen recados de los muertos. Stanley, que así se llama nuestro caballero cruzado, es un hombre de firmes convicciones que ha leído a Nietzsche, a Freud, a Schopenhauer, a los grandes filósofos de la refutación ultraterrena. Nadie va a convencerle de que los fantasmas nos visitan transustanciados en ese yogur líquido que los expertos en la majadería denominan ectoplasma. Nadie excepto una damisela tan hermosa como Emma Stone, por supuesto, que con sus trucos baratos de nigromanta lo dejará embobado, arrobado, perdidito de amor. Y quién no, pardiez, sucumbiría a ese cabello pelirrojo, a esos ojazos de niña vivaz, a esa voz cazallera que anuncia excitantes groserías en el dulce retozar… Emma Stone sigue siendo una de las reinas mimadas en este blog, tan republicano en convicciones, tan monárquico en sus amoríos.



            El problema de Magia a la luz de la luna es que ya sabemos de antemano, porque es una película de Woody Allen, que al final Stanley descubrirá la naturaleza del engaño, y regresará a su castillo con el rabo espiritual entre las piernas. Uno no viene aquí para seguir una trama detectivesca, sino a reconfortarse alegremente en el cinismo, en el escepticismo, en la misantropía educada y humorística. Pero no todo es desengaño en la película. Woody Allen quiere comunicarnos que no hay ningún misterio en el más allá, pero sí en el amor, porque a veces éste parece regido por lo irracional, por lo disparatado, y muchas veces caemos prendados de quien a priori no nos interesaba, o no nos convenía. Pero si mi hermano quería dejarnos esta lección como legado, ha elegido muy mal a su actriz principal. Enamorarse de una mujer como Emma Stone no tiene nada de mágico, de chispazo divino e inexplicable. Amarla es casi una obligación biológica, una ley inexorable del atractivo, como una pulsión gravitatoria o un entrelazamiento de los electrones. Lo que es mágico de cojones es que nos enamoremos de otras mujeres que no sean Emma Stone. Sobre todo aquí, en el mundo real, donde realmente se ponen en juego la continuidad de las estirpes. Enamorarse en la vida de provincias, eso sí que es magia a la luz de la luna.


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Algo pasa con Mary

En Algo pasa con Mary, cuatro hombres hechos y derechos pierden la chaveta por culpa de Cameron Díaz -cosa que entendemos perfectamente- y se comportan como imbéciles en celo fingiendo minusvalías, impostando bonhomías, denunciándose las vergüenzas para salir vencedores en la ordalía del amor.
            La película de los hermanos Farrelly seguramente es una mierda, una caca, pero yo me he partido el culo con ella. Me va la escatología, qué le vamos a hacer, el chiste grueso y guarrindongo. Los Farrelly son muchachotes con canas que nunca salieron del instituto, y siguen cultivando ese humor grasiento que hace furor en las aulas y en los recreos. Y uno, que con los años ha ido acumulando sólo eso, años, se sigue riendo como un adolescente de estas gracias tan simplonas y cerderiles. Es lamentable, sí, pero esto es lo que hay.




            Pero ojo, porque Algo pasa con Mary sólo es una comedia en apariencia. Aunque los pretendientes de Cameron Díaz se pasen toda la película haciendo el ganso, hay algo muy trágico, muy serio, en sus afanes reproductivos que nunca llegan a buen puerto (y el puerto no puede ser más bonito, ni más seductor). Más allá de la carcajada está el drama de unos machos excitados que no pueden reprimir sus biologías. Los hombres, ay, sabemos de lo que hablamos. Las payasadas que hacemos a este lado de la pantalla cuando nos cruzamos con una mujer bellísima no son muy distintas de las que perpetran estos chiquilicuatres. Y da lo mismo que seamos machos beta con escasas probabilidades de éxito: los engranajes del instinto se ponen en marcha de un modo automático, programados en el software insoslayable del ADN, y al paso de la señorita, casi sin darnos cuenta, ya estamos enredados en el pavoneo verbal, en la exageración de méritos, en la inflación del currículo escuchimizado. Quizá no fingimos ser paralíticos para dar pena, como en la película, o no nos inventamos un historial de acciones humanitarias en el África negra, pero a nuestro modo provinciano también nos volvemos gilipollas y mentirosos. Se habla mucho de la maldición del trabajo, en la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, pero muy poco del cortejo sexual y de sus fatigosas y denigrantes exigencias, que  son una maldición bíblica todavía mayor. 

            Como escribió una vez Manuel Vicent:
           "Creo que la amistad entre el hombre y la mujer funciona cuando no hay atracción física o ésta ya se ha gastado. Mientras haya atracción física cada gen es un pequeño guerrero que no te deja tranquilo. Todo lo enturbia. Ese gen no para de darte patadas en los huevos. Se convierte en una espuela".



            Mary, en la flor de sus dieciséis años, llega al instituto montada en su bicicleta. Por donde pasa, los corrillos masculinos se vuelven cuchicheos y rumores. El baile de fin de curso está muy cerca.
- Me pregunto con quién irá ella.
- ¡Qué buena está!
- Dicen que va a ir con un tal Buggy.
- ¿Quién?
- Una mole.
- Seguro que es un cutre...
- ¿Cutre? Buggy es todo un genio del fútbol, y del baloncesto, y un empollón de narices.
- Dicen que tiene una beca para Princeton, pero antes va ir a Europa, a hacer de modelo.



            En la nostalgia de Mary, a la que hace quince años que no ve, Ted (Ben Stiller) visita a su amigo Dom, casado, con varios hijos, en una casa de ensueño en los parajes de Nueva Inglaterra:
Ted: Es lo que yo quiero. Una familia... Alguien que... Debe de ser fabuloso tener todo esto, ¿eh?
Dom: Sí (resoplando). Cada día es mejor que el siguiente.




            En su primera cita con Mary, Dom aconseja a Ted que se masturbe antes de salir a cenar con ella. No podrá mantener una conversación elegante y caballerosa "con el arma cargada"...
Dom: Después de practicar el sexo con una chica, estando en la cama con ella, ¿estás nervioso?
Ted: No
Dom: No, no lo estás. ¿Por qué?
Ted: Porque estoy cansado y...
Dom: Anggg, ¡error! ¡Porque no tienes perspectiva de jodienda en el cerebro! Dios, eso es lo que no te deja pensar. El momento de más serenidad en la vida de un hombre son los minutos posteriores a una descarga, algo que hasta los médicos dicen. Y la razón de eso es que tú ya no estás intentando joder. En realidad, piensas como una chica, y a las chicas les encanta.



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Pepe Colubi y Seinfeld

En el programa Ilustres Ignorantes plantean la siguiente cuestión: ¿si sólo pudieras ver una serie hasta el día de tu muerte, cuál elegirías? Sólo una. Pepe Colubi, con el que me une una sintonía especial en las filias y en las fobias, responde:
                "Si se supone que voy a vivir muchos años, que voy a ser un anciano que quiera alcanzar la excelencia, ser mejor persona, más completo, más sabio, elegiría Seinfeld. La vería una y otra vez. Ahora, si me quiero morir pronto, Cuéntame".

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Un toque de violencia

En el mismo momento en que Deng Xiaoping afirmó que "da igual que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones", el Partido Comunista Chino dimitió de sus funciones y dejó que el capitalismo inversor campara a sus anchas. Deng sostenía que el objetivo fundamental era generar riqueza, a destajo, a cualquier precio social, y que después ya habría tiempo para repartir las montañas de oro, que el Estado a fin de cuentas era comunista y estaba a favor de la clase obrera y campesina. Pero han pasado varias décadas desde que los gatos negros se lanzaron a "emprender" sus negocios, enriqueciéndose a costa de pagar salarios de miseria a sus trabajadores esclavos, sin que las estatuas de Mao Tse-Tung haya transustanciado la piedra en carne indignada y justiciera. Y es que Deng no sabía, o no quiso saber, que a los emprendedores les dejas corretear por ahí sin correa, meando sin control en las esquinas y en las farolas, y en un par de años, con los fajos de billetes bien contados y preparados, corrompen cualquier sistema funcionarial que pretenda supervisarlos. Ellos son así, espíritus libres e indómitos, que no saben de injerencias ni de cortapisas.



            Un toque de violencia viene a denunciar el estado actual de este capitalismo chino donde los superricos se compran jets privados y los superpobres viven atados, literalmente, a sus sillas de coser o de atornillar. Casi como en occidente, vamos. Son cuatro historias independientes de cuatro trabajadores explotados, ninguneados, reducidos a meros animales de corral, que producen beneficios a cambio del cobijo y del pienso compuesto. Cuatro miembros del lumpen-proletariado que en Un toque de violencia, como su mismo nombre indica, no van a salir a la calle con la pancarta y el altavoz, en plan 15-M y canción protesta con guitarra, sino que van a tomarse la justicia por su mano, porque esto es una película china y casi siempre acabamos enfangados en sanguinolencias.




La violencia no es, desde luego, la forma más apropiada de protestar, porque cada agresión de los pobres será respondida por mil mamporros del cuerpo policial, lo mismo en Guandgong que en Sebastopol, y ya no te digo nada en Madrid, ahora que también van a descalabrar a los fotógrafos que tomen nota, y a los despistados que pasen por allí, por no hacer causa común con el gobierno que Dios manda. En nuestro país, por lo menos, puedes aferrarte a las siglas de un partido que te defienda y te represente, pero en China, con un solo partido, y encima vendido al poder económico, no quedan muchas opciones para canalizar la rabia y la indignación. No aplaudimos los toques de violencia, pero los comprendemos.


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Beginners

En Beginners sale un perro que como en el teatro isabelino tiene un papel principalísimo y se lleva gran parte de nuestras simpatías. Se llama Arthur y tiene, incluso, unos diálogos escritos en perrúnico, muy graciosos y bien traídos. Pero el chucho, a fin de cuentas, ha resultado ser lo de menos. En Beginners he visto la historia de amor más bonita de los últimos tiempos cinéfilos. Obi-Ewan-Kenobi y esta chica caída del cielo parisino llamada Mélanie Laurent protagonizan un flechazo inolvidable y diferente, elegante y emotivo, que espero, por los dioses más sagrados, preservar para siempre del hambre voraz de las garrapatas del olvido.



       El problema de Beginners es que las historias de amor sencillas y redondas dan, como mucho, para un cortometraje. Chico se enamora de chica, chica se enamora de chica, y ambos, cogidos de la mano, dejan transcurrir un par de citas corteses antes del primer folleteo que siempre resulta delicado y algo torpe. Punto final. Mike Mills, que es el responsable de la función, aventura una crisis sentimental para intentar estirar el chicle del drama, pero no hay caso. La química entre Obi-Ewan y Mélanie Laurent es demasiado poderosa, con muchos enlaces covalentes y mucho electrón enredado en la danza de las órbitas, y ningún espectador en su sano juicio se cree estas dudas de última hora: que si no estoy preparado para el compromiso y que si no te merezco de lo guapa que eres y tal y cual. Chorradas. El mismo Mike Mills cancelará su propuesta en un arrepentimiento súbito de guión, y para rellenar la hora larga que lo separa de una película convencional se inventará lo del perro parlanchín, que tiene su encanto, y lo del padre de Obi-Ewan, un homosexual reprimido que saldrá del armario a los 75 años, nada más enviudar, y que se lleva la otra mitad de la película. Uno, que es un hombre liberal nacido en el ocaso del siglo XX, simpatiza con el personaje, y aplaude su valentía personal, su locura genital de las últimas sexualidades, pero los minutos que el abuelete chupa son minutos en los que Mélanie Laurent, la francesa, la delicada, la guapísima, no sale en pantalla, y eso, por el bendito Robespierre, no se lo perdono.



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Borgen. Tapitas, playita y mucho sol.

Dos días después de haber concluido la primera temporada de Borgen, y de haberme desfogado aquí contra el pasotismo primaveral del votante español, que ya no recuerda las promesas hechas en el crudo invierno del latrocinio, y vuelve a celebrar su pobreza al calorcito de la terraza y al frescorcito de la cerveza, escucho, en lo que no es una casualidad, sino una comunión fraterna del pensamiento, estos versos guerrilleros de Los Chikos del Maíz, a quienes los dioses guarden por muchos años:

Señoritas de compañía, farlopa,
¿y qué más da si paga el pueblo español?
Si ganamos el Mundial y la Eurocopa
y tenemos tapitas, playita y mucho sol.


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Richard Pryor: Omit the logic

Llevado por los consejos de Ignatius Farray, que es un cómico muy respetado en este blog, descargo y veo ilegalmente el documental Richard Pryor: Omit the logic, que es un biopic sobre la figura desbordante, excesiva, contradictoria, del cómico norteamericano ya fallecido. Farray asegura que Richard Pryor es el comediante más grande que parió el género del stand-up, y eso que ahí se batieron el cobre tipos como Jerry Seinfeld, Louis C. K. o Woody Allen. Este humilde cinéfilo sólo conocía a Richard Pryor por sus malas películas, por sus gesticulaciones de actor clown que tal vez tronchaban a los americanos de Kansas City, pero que aquí, en los cines ibéricos, y eso que uno de chaval se reía con cualquier cosa, nos dejaban a los espectadores petrificados, como buscando la gracia que tal vez revoloteaba por los techos, o se nos había escurrido entre las piernas. Uno -y que los dioses de la comedia me perdonen- sólo recordaba a Richard Pryor haciendo el ganso en Supermán III o en No me chilles que no te veo, infraproductos que ahora mismo no resistirían ni la mera curiosidad. El consejo de Farray parecía exagerado y algo mitómano.




            Y vaya, si lo era. Si en las películas Richard Pryor no tenía ninguna gracia, el buen hombre, que se nos fue enfermo de casi todo y adicto a casi todo, en el stand-up comedy, la verdad, también le ha dado plantón a mi sonrisa. El documental va desgranando sus actuaciones antológicas, sus chistes celebérrimos que los americanos celebran a carcajadas como aquí todavía nos descojonamos con Chiquito de la Calzada, un lago negro un lago blanco y pecador de la pradera, cosas así. El mérito de Richard Pryor, que alcanzó el estrellato en la década de los 70, residía en decir cosas que por entonces estaban censuradas y prohibidas. Criado en un burdel de los barrios bajos de Illinois, Pryor era un tipo desinhibido y procaz que decía motherfucker, y kiss my ass, y nigger, sobre todo nigger, como en una precuela de las películas de Tarantino, y esos excesos encendían a su público y escandalizaban a los temerosos de Dios, que colapsaban las centralitas para que alguien hiciera callar a ese negro obsceno y malhablado. En la década de los 70 uno también se hubiera partido el culo con estos números, pero ahora, cuarenta años después, estas cosas suenan a caca-culo-pedo-pis. A Ignatius también le va el rollo escatológico en sus actuaciones, pero en el trasfondo de sus historias vive un tipo sencillo, buenote, que cuenta anécdotas bizarras con un punto de verdad y mala leche. Yo me río más con él que con Richard Pryor, desde luego. No le compro el consejo, a Ignatius, pero le sigo comprando a él. 


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Borgen (5)

En España tenemos el sol, la playa, la cervecita fresca en la terraza. Mientras ningún gobierno cancele estos privilegios, va a dar igual que nos roben otras cosas, los dineros, o la dignidad, o la salud. La gente de este país, cansada, atracada, humillada, ha pasado el invierno conjurándose para dar un vuelco electoral en las próximas citas. Ha sido un invierno pre-revolucionario como aquellos de Odessa y del acorazado Potemkim, o casi. Pero ha llegado la primavera, ha salido el sol, la gente ha sacado las monedas que juraba no tener en diciembre, y las terrazas están llenas de clientes que ya no quieren hablar de política, que se encogen de hombros cuando los aguafiestas  les recuerdan que este país necesita una reforma de arriba abajo “Como en España, en ningún sitio”, te dicen los mismos que hace dos meses renegaban del país, de la bandera, del carácter incorregible de nuestra raza, y que soñaban con los países limpios del bienestar donde los políticos dimiten y muchas veces dicen la verdad. El buen tiempo es el aliado natural de nuestros corruptos gobernantes, el opio verdadero del pueblo, y no la religión que dijera Marx, porque la religión, hasta los más creyentes se la toman ya un poco a cachondeo. Qué es, si no, la Semana Santa, este carnaval de gente disfrazada por el mismo modisto que sólo va cambiando los colores.



    En Dinamarca, en cambio, tienen el frío, las playas impracticables, la cerveza a unos precios desorbitados. Como el clima es arisco y la depresión amenaza con mandarlo todo al garete, los daneses se afanan en construir una sociedad que funcione y les dibuje una sonrisa de orgullo, e incluso de honda satisfacción. En esta serie modélica que es Borgen, hay mucho hijo de puta y mucho político indeseable pululando por los despachos, porque los daneses, hasta que no se demuestre lo contrario, pertenecen a la misma especie que nosotros los mediterráneos. Pero allí el sistema funciona, y los mecanismos punitivos están bien engrasados. Más allá de las ventanas donde transcurren los trapicheos, en Borgen se adivina una sociedad modélica que uno quisiera copiar en este país, con sus impuestos rigurosos, sus servicios públicos, su conciencia ecológica, su dominio del inglés, su comportamiento cívico... Sus mujeres de belleza infartante, también, que no son obra y gracia del Estado del Bienestar, por supuesto, pero que allí, por alguna razón insondable, sonríen más luminosas y felices. La belleza de Birgitte Hjort Sørensen, sin ir más lejos, es para empezar a hablar en este diario y no parar jamás, en castellano, en danés, en inglés, en lo que haga falta, como en la Piedra Rosetta de la hermosura.


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Alma salvaje

Max, mi homínido interior, al que los lectores veteranos recordarán de otros escarceos sexuales, tarda mucho en reaccionar cuando la actriz que uno recordaba bellísima aparece en pantalla afeada, desastrada, maquillada de mujer mortal por exigencias del guión.
En Alma salvaje, que es una road movie con pocas carreteras y muchos senderos, Reese Witherspoon recorre los dos mil kilómetros que separan México de Canadá atravesando desiertos resecos, pasos de montaña, pueblos de paletos muy parecidos a Cletus el de Los Simpson. Max empieza muy excitado la función, porque Reese, en los compases iniciales, es nuestra querida Witherspoon de siempre, tan rubia, tan pequeñita, tan morbosamente deseable. Pero tate, porque nuestra heroína tarda pocos fotogramas en llenarse de barro, de polvo, de cicatrices que arañan su cara de sempiterna adolescente. Además, para interpretar a su personaje, que es una pelandusca y una drogadicta de mucho cuidado, que busca redención en la aventura solitaria y senderil, Reese frunce el ceño, y se pone adusta y pensativa, y de pronto, en un lapso temporal del que Max reniega con sollozos, y del que yo, compungido en mi sofá, tampoco quiero saber nada, nuestra chica cumple de sopetón los casi cuarenta años que figuran en su DNI, o lo que lleven en su cartera la mujeres hermosas nacidas en Nueva Orleans.


Alma salvaje es muy entretenida cuando Reese, o lo que queda de ella, avanza decidida por los paisajes de Norteamérica, que son bellísimos y realmente salvajes, casi como si el hombre blanco, o la mujer blanquísima, los estuviera pisando por primera vez. Pero el director de la función, Jean-Marc Vallée, que es un pesado de mucho cuidado, un director que convierte en truño cualquier oro que le confían, prefiere atormentarnos con flashbacks que nos arrancan del paisaje para depositarnos en las habitaciones de hotel donde Reese se pincha la heroína, o se deja follar por tipejos desdentados que tal vez no la distinguen de los almohadones. Aunque Reese sale parcialmente desnudica en estas digresiones narrativas, son escenas feas, oscuras, de una redundancia cansina que Max celebra alborozado con sus platillos, porque de vez en cuando se atisba una tetica, un muslamen, pero que mi yo cinéfilo rechaza por aburridas y por cargantes. Uno quiere, en todo momento volver a las montañas, a los secarrales, a los bosques de coníferas que te dan la bienvenida cuando atraviesas la frontera de Oregón, pero Jean-Marc, que busca su propio destino, y Nick Hornby, que lo sacas del fútbol y se nos pierde en florituras, han decidido que no, que lo importante es lo que Reese recuerda, y no lo que Reese contempla, un viaje psicológico de manual de autoayuda para el que no se necesitaban tantas alforjas.


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