Seinfeld, o la fugacidad del amor

Es fácil enamorarse de las mujeres hermosas que uno se encuentra en el azar de lo cotidiano. Uno se queda prendado de esa mujer que le precede en la cola del supermercado, que le adelanta apresurada por la acera, que se sube al autobús urbano delante de nosotros... Son mujeres perfectas que uno conoce dos o tres veces al día, perfectas porque en realidad no sabemos nada de ellas. El anonimato nos permite fantasear, y acomodarlas a nuestras demandas, las psicológicas, y también las otras.
             En Seinfeld, Jerry y George  se enamoran de una neoyorquina nueva en cada episodio. Las conocen con facilidad en la cola del cine, en la tienda de frutas, en la fiesta de un amigo, porque son tipos echados p’alante y tiran de labia con mucho ingenio. Pero luego, indefectiblemente, les basta una sola cita para descartarlas como parejas de futuro: ellas mastican con la boca abierta, o nunca se cambian de ropa, o hablan demasiado bajo, o se ríen demasiado alto,  o se hurgan los dientes con la uña, o hacen comentarios racistas, o no dejan propina al camarero… El efecto que producen estas situaciones es de comedia, y uno se ríe con el puntillismo casi neurótico con el que Jerry y George analizan a sus novias fugaces. Pero los romances, en la vida real, se dilucidan de un modo muy parecido. Uno, en su micromundo social, también ha fantaseado con mujeres atractivas que luego resultaron ser simpatizantes del PP, o estúpidas de conversación desmoralizante, o militantes de una secta que prohibe las películas de Woody Allen, y se desenamoró de ellas tan rápidamente como se enamoró. El mismo chasquido que inició la hipnosis la cancela para regresar al mundo pedestre de las imperfecciones, y del gris desapego.

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