Magical Girl

Yo pensaba, por los avances, por lo entrevisto en los reportajes, que la magical girl de Magical Girl era Bárbara Lennie, y que ella salía todo el rato, en presencia continua y perturbadora. Yo pensaba que su personaje era una iluminada religiosa, o una mujer con poderes paranormales, porque siempre la veía con esa cicatriz en la frente que parecía un estigma, y ese blanco mortuorio en la piel, y esos ropajes como de monja medieval, y todo me parecía como de cine onírico o espectral.
          Pero resulta que no, que mis imaginaciones eran infundadas, y que la magical girl de la película era una niña de doce años obsesionada con el mundo del anime, encaprichada con un disfraz ridículo que podría convertirla en hada madrina, en niña mágica de cuento.



            Bárbara Lennie, a la que no he dejado de amar desde hace catorce años, desde que la conocí en Más pena que gloria al borde del deseo legal, tarda mucho tiempo en salir. Demasiado. Cuando por fin lo hace, su personaje te deja hipnotizado: no es sólo la belleza, sino la locura que ronda en sus miradas, el enigma interior de un personaje que presumimos retorcido y tortuoso. Uno queda prendado, absorto, colgado de sus movimientos y sus diálogos. Hay algo tremendamente morboso en su personaje, una sexualidad  espiritual como de película de Dreyer y sus actrices suecas, aunque Bárbara sea morena y de Madrid a mucha honra. Magical girl, efectivamente, tiene mucho de película nórdica, de minimalismos de Kaurismäki o de simbolismos de Bergman. Y digo nórdica, esta vez, en el buen sentido, aunque Vermut, para mi gusto, se pase un poco de escandinavo, y en algunos momentos la frialdad báltica casi nos deje congelados en el sofá. Son esas escenas, curiosamente, en las que Bárbara no está, porque Bárbara, ay, para desconsuelo de sus amantes, no sale todo el rato, y en sus ausencias uno se pasa los minutos echándola de menos, no indiferente a lo que nos cuentan, pero sí alejado, tristón, pesaroso, como si una bruma muy de Estocolmo o de Helsinki rodeara al resto de los personajes. Pero esto no es culpa de Vermut, que se lo curra, sino de nosotros, que vivimos colgados de Bárbara, y hasta sus falsas y horrendas cicatrices nos acrecientan el deseo, que fíjate tú como estaremos...


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