Monty Python and the Holy Grail

Quién nos iba a decir, hace veinte años, cuando mi generación vio por primera vez Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, que el Santo Grial que los Monty Python buscaban en la Inglaterra artúrica estaba en el centro de León, en la vieja capital de estos reinos subyugados por Castilla, a dos kilómetros escasos del cine club universitario donde nos descojonábamos con el entrechocar de cocos y las ofertas sexuales del castillo de Ántrax. Donde celebrábamos a los agricultores anarquistas de la Edad Media y aplaudíamos ese final grotesco de los bobbys británicos entrando a saco en la batalla con las porras y las lecheras.

            Desde que trascendió la noticia, que viene avalada por documentos históricos de comprobada autenticidad, esta ciudad nuestra, con su catedral de Primera División y su fútbol de Segunda B, se ha convertido en el lugar de peregrinaje de muchos compatriotas de los Monty Python. A algunos les pilla de paso, la visita al cáliz de doña Urraca, porque vienen haciendo el Camino de Santiago para purgar las penas y así pecar a la vuelta con total tranquilidad. Pero otros, que no se han dejado seducir por la publicidad engañosa de Rita Barberá, que dice que la Sagrada Copa está custodiada en Valencia gracias a la bendición apostólica del Partido Popular, nos visitan ex profeso después de buscarnos en el mapa y confundirnos con Lyon, en Francia, o con el otro León, en México, que con la tontería del enredo felino también se están forrando con la avalancha de turistas religiosos. Sobre todo la León mexicana, porque los gringos, como cantaba Javier Krahe, siempre han confundido estos reinos con aquellas repúblicas:
Y los americanos
mandan aviones,
contra los mejicanos,
tiene cojones,
porque creen que España
está ahí abajo.
Y luego les extraña
su mal trabajo.


            León es una ciudad que se visita en una mañanica, si te levantas temprano. Admiras las vidrieras de la Catedral, contemplas el Cáliz de la Sagrada Cena a ver si un rayico de luz sale del objeto y te toca la cabeza para convertirte en inmortal, o concederte superpoderes de Indiana Jones y la Última Cruzada, y después de la mayúscula decepción, porque aquello sólo es una copa muy antigua, de los tiempos palestinos de Maricastaña, dispones de cien bares donde ahogar tu fastidiosa mortalidad en caldos de la tierra. Esos son, seguramente, los únicos Griales verdaderos que existen en la ciudad: los que están hechos de vidrio en la fábrica de Duralex, y colman las barras de las tascas, y las pilas de los fregaderos. 


2 comentarios:

  1. Ehhh pero al final con lo que quedan mas alucinados y casi le prodigan una nueva religión es con sus embutidos, sobre todo con la cecina, estampitas no se llevarán de recuerdo pero botellas de vino y un buen trozo de lomo todos.

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