Interstellar (I)

“El amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio.”

Una frase así, recitada en cualquier otra película, hubiese bastado para darle al stop inmediatamente y buscar refugio en otras ficciones de mayor interés. En nuevos episodios de Borgen, por ejemplo, que está la cosa muy caliente por Dinamarca, o en más capítulos de Seinfeld, donde no hay lugar para estas cursiladas de panoli enamorada. Lo que se hubieran reído, mis entrañables amigos del Monk’s Cafe, si una novia de Jerry o una pelandusca de Costanza hubiera soltado semejante gilipollez. Se les habría atragantado el sandwich con atún, y Kramer habría caído despatarrado por el suelo. Cuánto les echo de menos…



         Pero quien suelta esta frase sobre el amor infinito es la astronauta Brand, que bajo la escafandra esconde el rostro hermosísimo de Anne Hathaway, y cualquier cosa que diga esta chica es inmediatamente perdonada en nuestros corazones. Aunque al guionista se le vaya la mano con la sensiblería, y ponga en sus labios estos truños de la metafísica romántica, ella, Anne, que sí posee verdaderamente una belleza que trasciende las dimensiones espacio-temporales, y las galaico-portuguesas también, en el mismo acto de verbalizar transustancia la porquería en flor, y la náusea en dulce trino. Y así, gracias a que la tontería nos entró por un oído y nos salió por el otro, hemos sido capaces de retomar el hilo complicadísimo de Interstellar, con sus idas y venidas por el espacio sideral, por el tiempo que se estira y se encoge al capricho de las fuerzas gravitatorias, que es física casi del Bachillerato, y que Christopher Nolan, por el bien de la taquilla, para que no se asusten los alumnos de letras, nos solventa con un papelito doblado y cuatro pinceladas que explican más bien poco.


1 comentario:

  1. Coño una morena por tus dominios, aunque claro es un truco de estilistas, por que la chica ser es castaña y lo mismo pueden hacer de rubias que de morenas. Pero bueno por lo menos es una manera de demostrar que las morenas como Teruel también existen, aunque cada día cueste mas verlas y cuando las vemos en la ficción siempre hacen de mujeres duras, locas, o incluso las malvadas y brujas de Disney son morenas. Asique en los hombres deben proyectar la imagen de diablesas, vampiresas, bolleras hambrientas de poder. Bien lejos de esa imagen de ángel, virginal y etéreo que desprenden las rubias que claro ellas si llegan a la categoría de diosas sel Olimpo, o esas pelirrojas que producen un nose que, que no se yo por su rareza.
    Así que gracias por tu aportación al mundo de las morenas, que ya se que alguno más hay en el blog, porque entre tanta mecha y tinte ya una no sabe muy bien si vive en una Noruega cutre y las morenas solo son un espejismo y un rescoldo del pasado latino.

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