Cypher

Cypher es una película que llevaba más de diez años esperando una revisión. Más de una década acumulando polvo en mi estantería, desde los tiempos gloriosos del Canal +, de cuando la grabé entusiasmado por el intríngulis de sus juegos de identidades, de sus cachivaches de ciencia-ficción que parecían inspirados en el siglo XXII.
          En Cypher trabajaba Jeremy Northam, que era un actor británico que entonces lo petaba, y Lucy Liu, que era la china guapísima de Kill Bill, y Vincenzo Natali, que era un director americano criado en Canadá pero de nombre italiano (sic) que filmaba cosas muy arriesgadas y algo lunáticas, como aquella primera película, Cube, que fue un acontecimiento rarísimo y demencial, y sumamente entretenido.  




            Cypher tenía todas las papeletas para ser una gratificante revisión, un feliz reencuentro con estos amigos que ahora andan un poco dispersos por el mundillo: Northam con sus series y sus obras de teatro; Lucy Liu, la pobre, atrapada en la flor decadente del otoño; Vincenzo perdido en sus propios mundos de pasotes postcientíficos... Pero el tiempo, ay, no pasa en balde. Trece años contemplan los argumentos y las estéticas de Cypher, que entonces eran rompedoras y ahora ya las hemos visto mil veces. Pero sobre todo, más ay todavía, trece años me contemplan a mí, que me he vuelto perezoso y mentecato, cuarentón y pre-senil. El personaje de Northam, una especie de James Bond con gafas que se dedica al espionaje industrial, maneja a lo largo del metraje tres identidades diferentes, y trabaja de doble agente para tres empresas distintas. Hace trece años no me extravié en el laberinto, porque yo entonces estaba treintañero de cuerpo, y fresco de mente, y estos desafíos eran pan comido para mi atención de cinéfilo obsesivo. Pero ahora, ay de mí, en los albores de la edad provecta, me cuesta un mundo seguir ciertos argumentos a según qué horas, sobre todo en las jornadas laborales, que uno finaliza con la lengua fuera, y con los ánimos por los suelos, y con las neuronas muy delicaditas de salud, tanto que ya sólo digieren alimentos desgrasados y sencillos, sopitas, tortillitas, vasitos de vino, cosas así, no este cocidorro de Cypher en el que bullen morcillas y tocinos de difícil asimilación. Muy sabroso todo, ciertamente, pero muy pesado.


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