Red State

Desde que aquellos dos yihadistas entraron a sangre y fuego en las oficinas de Charlie Hebdo, por las mañanas, en las radios de derechas, que son mayoría en el dial patrio, los tertulianos hablan de la superioridad moral de la civilización cristiana, en contraste con ésa otra de los musulmanes, que vive anclada en su particular Edad Media, y que produce terroristas casi como una consecuencia lógica de sus doctrinas. 




            Es un razonamiento interesado, vomitivo, de un elitismo moral que me recuerda al cura que nos daba religión en el Bachillerato, el padre Ángel, un tipo que nos aseguraba que todos los no-católicos del ancho mundo irían derechitos al infierno, por tener conocimiento de la palabra de Dios y no haberla incorporado a sus creencias, seducidos por la barbarie del Islam, por la tontuna de los hindúes, por la cachaza barrigona de los budistas.

            La película Red State nos viene al pelo para recordar que ninguna religión está libre de sus fanáticos violentos. Que en todos los credos cuecen habas, y que siempre hay un trastornado que no tiene reparos en morir empuñando un arma, pues el Cielo prometido le aguarda con sus promesas de mujeres desnudas, o de asientos VIP situados a la derecha de Dios Padre, según lo estipulado en el contrato. Estos cristianos fundamentalistas que retrata Kevin Smith en la película, que leen pasajes del Antiguo Testamento y recelan de la voluntad bonachona de Jesús, son tipos que hemos visto muchas veces en los telediarios, en los documentales, sectas dirigidas por un mesías que se atrincheran en una granja y terminan liándola parda con sus armas semiautomáticas. Uno pensaba que esta iglesia ficticia de Red State, dirigida por el predicador Albin Cooper, era una cosa muy exagerada, un poco traída por los pelos, porque el credo fundamental de estos tarados, sustentado en lecturas muy escogidas de la Biblia, es que todos los males del mundo vienen originados por los homosexuales, lo mismo la ruina moral que las catástrofes naturales, y que Yahvé los tiene por los pecadores más execrables, y exige que les sea aplicada la pena de muerte. Uno pensaba que esto era una licencia del guión, una exageración calculada, pero resulta, para mi asombro de navegante en internet, que esta gente existe de verdad, y que el mismo Jordi Évole, en un programa de Salvados, entrevistó a la familia de este predicador de carne y hueso llamado Fred Phelps. Se autotitulan la Iglesia Bautista de Westboro, y practican su apostolado veterotestamentario  allá en las llanuras agrícolas de Kansas. God hates fags -Dios odia a los maricones- es el slogan que lucen en sus pancartas cuando se presentan en los funerales para insultar al homosexual fallecido, y recordarle que el infierno es su destino ineludible.

            Pero no hay que ser un protestante de la América Profunda para caer en la tentación del homicidio. Si a los tertulianos de derechas  les dices que el catolicismo también produce sus fanáticos y sus asesinos en potencia, ellos te dicen que la Inquisición hace  mucho tiempo que dejó de existir, y que además, puestos a debatir, el Santo Oficio hizo mucho bien limpiando de rojos las tierras españolas, siglos antes de que naciera el mismísimo Marx. Pero no van por ahí los tiros. Es verdad que los católicos ultras no suelen ocupar los telediarios armados de rifles y pasamontañas, pero también es cierto que hay muchas maneras de matar, civilizadas y muy poco espectaculares. Dejar que mueran enfermos curables por entorpecer los avances en investigación; denunciar el uso del condón en países de alta mortalidad por el SIDA; rezar a Dios antes de convertir un hospital público en uno privado y empezar a racanear en la atención, en los medicamentos, en las pruebas necesarias, condenando a muerte a desgraciados y desgraciadas que en otras manos hubieran tenido mejor fortuna. Esto último ya está sucediendo aquí mismo, en las llanuras agropecuarias que llamamos Mesetas, tan parecidas en algunos paisajes a la lejana Kansas de los bautistas de Westboro.


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