Lejos del mundanal ruido

Hay títulos que le persiguen a uno hasta la obsesión, que llevan años ahí, sonando, rebotando, prendidos de una meninge hasta que no hay más remedio que ver la película para desprenderse de la ventosa. Lejos del mundanal ruido… Cuántas veces habré formulado este deseo sin letras cursivas, lejos del mundanal ruido, del mundanal trabajo, del mundanal gentío. Vivir en sociedad, sí, cerca de las farmacias, de los supermercados, de los restaurantes chinos, porque uno no podría sobrevivir sin estas ventajas del abastecimiento, incapaz de procurarse el sustento de la granja o de la huerta, pero lejos, muy lejos, a mil años-luz del espíritu, donde no llegue el ruido, el pelmazo, el sonsonete cansino de la civilización. No sé si me explico.




            Lejos del mundanal ruido… Uno había leído las sinopsis y sabía del mundo preindustrial, del paisaje bucólico, de la bella mujer pretendida por tres hombres enamorados. Uno leía a John Schlesinger en los títulos de crédito y se sentía seguro y confiado. Schlesinger es el responsable de Cowboy de medianoche, de Marathon Man, y además juega en casa, en su Inglaterra natal. En los preparativos uno se imaginaba de nuevo en Innisfree, cortejando a la pelirroja Mary Kate, en el rincón más bonito del mundo, tan lejos y tan verde todo. O tal vez en Sussex, en los mundos de Sentido y sensibilidad, donde las hermanas Dashwood, a cada cual más bella, esperan al galante rentista que las saque de la pobreza. Empieza la película y me las prometo muy felices en esos paisajes recobrados, ondulados, del cereal mecido por el viento, tan cerca del mar. La belleza de Julie Christie es luminosa, seductora, y no tiene nada que envidiar a la de Maureen O’Hara o a la de Kate Winslet. Estoy muy predispuesto a dejarme llevar por su hermosura, y a creerme sus desventuras económicas y románticas. Estamos, efectivamente, muy lejos del mundanal siglo, del mundanal estruendo, del mundanal progreso.




            Pero la película se me va cayendo poco a poco de los ojos. Todo es cursi, relamido, tontorrón, decimonónico en el peor sentido de la palabra. Una cosa para mujeres de la época, melindrosas, pudorosas, revestidas hasta las cejas. Un folletín para comentar en las peluquerías de aquellos tiempos, en las verdulerías del mercado dominical. Y dura, además, 157 minutos eternos, que iré sorteando con el mando a distancia hasta llegar al previsible final. Todos es muy bonito, sí, pero rancio, y viejuno, y naftalinoso, como si Lejos del mundanal ruido no sólo se ambientara en un siglo extinguido, sino que se hubiera rodado allí mismo, mucho antes del invento de los hermanos Lumière,  en una avanzadilla técnica que tal vez mereciera una investigación, y un doctorado, y un documental para el National Geographic.


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