Homeland. 4º temporada

Cuando pasó lo que pasó en la tercera temporada de Homeland, uno dijo que hasta aquí habíamos llegado, que la trama ya no daba para más, y que la nueva ristra de episodios iba a ser una redundancia, un sacacuartos, un ordeñamiento de la teta ya vacía y escocida de Carrie Mathison.



        Pero llegaron las primeras entregas del 4.0, y la avanzadilla de exploradores nos trajo rumores de que la cosa no pintaba mal, que el conflicto había resurgido de sus cenizas, que Homeland había obrado el milagro de reinventarse y reconstruirse. El ave Fénix, allá en la embajada de Islamabad... Uno quería creerse a estos voceros de la buena nueva, como un apóstata que quisiera volver a la senda de los sacramentos, porque Homeland, en sus momentos de máxima tensión, había sido una serie de altísimo nivel, de comerte las uñas y las pipas y las puntas de los edredones. También tuvo sus personajes estúpidos, prescindibles, como la hija del sargento Brody, que ocupaba minutos y minutos de una subtrama lamentable sólo porque la niña iba para gran estrella y había que regalarle plano e importancia. Peccata minuta, en todo caso, dados los momentos emocionantísimos de la historia principal, que tenían más agujeros que el piso de Pixie y Dixie, pero que estaban muy bien puestos, y muy bien disimulados, para que los espectadores de mediana inteligencia no nos coscáramos de tales argucias.



            Uno quería creer, digo, pero le podía la pereza, la incertidumbre, los cantos de sirena de las otras mil series que aguardaban turno en la estantería, y en los gigabytes de los discos duros. Me hice el remolón durante semanas, dudando de la propia duda, pero una tarde de domingo, la primera de este año con lluvia inmisericorde, cogí  aire y vi el primer episodio de la cuarta temporada, como acto de respeto, como bálsamo de mi curiosidad. Y entonces recordé... Yo no estaba en Homeland por el asunto terrorista, por el juego de identidades, por el ritmo cardíaco de los momentos culminantes. Yo no estaba en Homeland para aprender geopolítica, para matar los ratos, para cruzar opiniones en los foros y en los bares. Yo estaba en Homeland por ella, por Carrie, por Claire Danes, que es una rubiaza de quitar el hipo aunque tenga esa nariz rotunda que unos llaman narigón y yo llamo personalidad. Cuando el ritmo decaía, o salía la hija de Brody, o la trampa se hacía evidente hasta para el espectador más tonto, uno se refugiaba en Carrie, en su expresividad, en sus ojazos verdes, en su porte majestuoso de reina rubia de los americanos. Y tantas veces se refugió uno en su seno que al final terminó enamorándose. Aunque el seno, propiamente dicho, nos sea hurtado continuamente, quizá por imperfecto, quizá por exigencias del contrato. Quizá, quién sabe, porque es tan hermoso que los espectadores enamorados lo reclamaríamos una y otra vez, y ya sólo viviríamos pendientes de su nueva contemplación, y Homeland, la serie propiamente dicha, con su CIA y su Al Qaeda, con sus bombas y sus tiroteos, nos la iba a traer muy floja. Pero que muy floja.




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