El pasado

Asghar Farhadi es un director iraní que aquí, en estos escritos, ha gozado siempre de grandes simpatías, y que me obliga a escribir  panegíricos que son lo peor de mi repertorio, pues me siento más cómodo atacando a los directores que me aburren o que me irritan. Lejos de las películas insufribles que perpetran sus compatriotas Kiarostami o Panahi, Farhadi es un tipo que rueda cosas inteligibles, inteligentes, con personajes atribulados que uno sigue con interés, y no gentes cansinas a las que uno desea el accidente mortal que los borre de la pantalla.


                Nader y Simin, una separación, se quedó durante días rondando en mi cabeza, repasando los argumentos, los nudos dramáticos, quitando y dando razones a los personajes. Una maravilla que vino del Golfo Pérsico cuando uno ya estaba convencido de que allí sólo había niñas perdidas, y cabras triscando en el monte. A propósito de Elly, rodada años antes, no era una película tan redonda, pero en ella conocimos a Taraneh Aldioosti, que es una mujer de belleza superlativa e inconcebible, y arrobado en sus rostro uno perdonaba los pecadillos iniciáticos del señor Farhadi, que aún filmaba bajo la influencia de los dos maestros.
            Venía, pues, con muchas ganas de ver El pasado, a la que tenía reservada un horario especial en mi programación semanal, para cuando no hubiera fútbol, ni socializaciones, y el mal tiempo golpeara en la ventana para zanjar cualquier tentativa de huida. Farhadi, al que los ayatolás andan tocando un poco las narices, esta vez ha rodado en Francia, pues allí le han sufragado los gastos, y le han puesto, de protagonista principal. para reclamo de los espectadores masculinos, a esta mujer bellísima llamada Bérénice Bejo, a la que por más que miro y remiro no soy capaz de encontrar una imperfección en su rostro, o en su sonrisa. Bérénice parece salida de un cómic de Mortadelo y Filemón, pues en el universo de Ibáñez todos los personajes llevan su descripción colocada en el apellido, de tal modo que los ricos se apellidan Millonetis, y los zánganos Holgazánez, y las mujeres preciosas Bejo, que se pronuncia "bello", y es como si Bérénice, al nacer, fuera bendecida para siempre por el destino.


            Pero la sola presencia de Bérénice no puede impedir que yo, esta vez, reniegue de los entretenimientos que ofrece  Farhadi. A mitad de tránsito por El pasado empiezo a dar cabezaditas, a mirar de reojo el teléfono, a pensar en lo que tendré que escribir al terminar la película, mientras en la pantalla, en ese París brumoso y tristón del arrabal, se suceden los lloros, los lloriqueos, los adultos que se gritan, los restos naufragados de tres hombres que amaron a Bérénice y chocaron contra su cuerpo menudo y su rostro inmaculado que son como la atracción fatal de unos acantilados rocosos. No le ha sentado bien el exilio, a nuestro querido director. Lo que en otras películas era fluido e inquietante aquí se ha vuelto culebronesco y casi teatral. No queremos que regrese a la patria que le vio nacer, si allí lo siguen vigilando y amonestando, pero sí queremos que haga películas como las que hacía allí, que le salieron más occidentales que ésta que rodó en Occidente.


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