The way

Un investigador de la Universidad de Cardiff asegura que hoy, 19 de enero, el Blue Monday de los anglosajones, es el día más triste del año. Según una fórmula matemática inventada por él, que combina varios indicadores de la felicidad, hoy se produce la tormenta perfecta del frío invernal, de la luz escasa, de los problemas monetarios, de la certeza desoladora de que los propósitos saludables del Año Nuevo van a quedarse en nada, en otra majadería más de las fiestas entrañables, en las que mentimos a todo el mundo, y también nos mentimos delante del espejo.
            A mí me llega con un día de retraso este día de la infelicidad universal. Mi jornada aciaga fue ayer, un Blue Sunday muy particular que empezó gris y terminó plomizo, tristísimo. Busqué a Natalie Portman desesperadamente, en la hora maldita del anochecer, pero ni siquiera ella pudo levantarme el ánimo, atrapada en esa petardada incoherente de Closer. Luego leí un rato, escuché las tertulias deportivas de la noche, apagué la luz con la esperanza de disolverme rápidamente y tardé un tiempo infinito en darme cuenta de que no iba a dormir. Los fantasmas del sueño, acuciados por atormentarme, no esperaron al momento de la inconsciencia para pincharme con sus alfileres. Algún hijo de puta les abrió la puerta de mi fortaleza antes de tiempo, e irrumpieron en mi patio a eso de la una de la madrugada blandiendo sus punzones y gritando alaridos de tarados. Una hora después tuve que levantarme para echar mano del disco duro, y buscar en él una película de dudosa reputación que me dejara frito del aburrimiento. The Way llegó a mis dominios porque un buen amigo que hizo el Camino de Santiago me contó la historia del nieto de Martin Sheen, que peregrinando hacia la supuesta tumba del Apóstol se enamoró de una posadera burgalesa de rompe y rasga, y se quedó a vivir para siempre en la capital de Castilla, a la vera del Cid y de la morcilla con arroz. Su padre Emilio Estévez, y su abuelo, el presidente Bartlet, quedaron conmovidos con la romántica aventura de su vástago, y decidieron, empujados por el halo espiritual y mágico del Camino, dedicarle una película.



            The Way cuenta la historia de un oftalmólogo americano al que le llaman de Francia para comunicarle que su hijo ha fallecido en la primera etapa del Camino, cruzando los Pirineos, perdido tontamente en una ventisca inesperada. Nuestro doctor, apesadumbrado por la noticia, se planta en Francia para recoger las cenizas y las pertenencias, después de haber buscado tal país extraño en el mapa. Americanos... Un gendarme católico le explicará el significado espiritual del Camino, y nuestro doctor, en homenaje al hijo fallecido, que siempre le dio la brasa con que viajara y conociera mundo más allá de los Estados Unidos, decidirá completar la peregrinación a Santiago portando las cenizas mortuorias en la mochila, que irá soltando poco a poco en cada hito del viaje. La idea es bonita y tal, pero al terminar la primera etapa del recorrido, en Roncesvalles, aparece Ángela Molina haciendo de posadera navarra con acento madrileño para decirle que ojito, que eso no es España, sino el País Vasco, y que no le gustan nada esas confusiones de los extranjeros. Y a mí, que me la trae al pairo que alguien  se declare vasco en vez de español, o catalán republicano en vez de súbdito de la monarquía, porque yo mismo me declararía finlandés en un futuro referéndum sobre nuestras nacionalidades, la escena me parece tan ridícula, tan tonta, tan incoherente con el devenir previo de la película, que me asalta el presentimiento de que The Way, por mucho paisaje bonito que nos pongan, y por mucha música medieval que nos acompañe en la caminata -que también tiene cojones-, va a ser finalmente un dislate, una bienintencionada tontería. Avanzo la película con el mando a distancia y descubro a Martin Sheen rodeado de gitanos, en Burgos, en una fiesta caló al calor de la hoguera, hablando de lo ibérico y de la idiosincrasia.  The Way es incluso peor de lo que yo me temía.  Son las tres de la madrugada cuando apago el video y cerceno la película sin terminarla. De repente siento un cansancio infinito, una pesadez plomiza en la cabeza, y regresado a la cama me duermo casi al instante, en esta noche que ya no es mi Blue Sunday particular, sino el Blue Monday del resto de los mortales. 



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