Perdida

En otros blogs que hablan sobre Perdida, la película de David Fincher, los cinéfilos cuentan que les gustó mucho, que les gustó poco, que Ben Affleck sigue poniendo cara de panoli o que Rosamund Pike es una belleza extraña de porte muy fino. Otros diseccionan la trama colocando spoilers para que el lector novato no pise los charcos de la sabiduría. Algunos opinan que la complejidad del guión los mantuvo en vilo todo el metraje, y otros que tales enredos les parecieron superfluos y chapuceros. Los que se han enamorado de Rosamund Pike fundan blogs paralelos en los que ella es tema único y obsesivo, con fotos y alabanzas, con chismes y biografías.



         También hay blogueros, sobre todo los que aspiran a empuñar la cámara algún día, o que ya la empuñan en pequeños cortometrajes y proyectos, que se ponen a escribir sobre Perdida y te hacen una tesis doctoral sobre las argucias técnicas del director, y de su compadre el director de fotografía, que usaron tal lente en una escena, tal objetivo en otra, tal recurso de montaje que los espectadores legos no sabemos ver ni valorar, enfrascados en las tramas y en los escotes de las mujeres.


            Este blog, a diferencia de los anteriores, no habla propiamente de cine. Lo comento por si eres nuevo, o nueva, en este extraño lugar del ciberespacio, y buscabas una opinión fundamentada sobre Perdida, o una lista de curiosidades que luego poder comentar con las amistades. Yo utilizo las películas para hablar de mí mismo, de mi libro, de mi ombligo. En vez de llevar un diario como dios manda, contando las cosillas de mi vida gris como hubiera hecho Fernando Pessoa, yo me sirvo de las películas para soltar los dedos sobre el teclado, y dejar que la mente divague con mis asuntos. Después de ver Perdida, uno cogería el desvío de sus propios desvelos y desbarraría sobre la sagrada institución del matrimonio, que es el tema fundamental de la película. Primero tendría que hablar de él como concepto general, quizá con citas eruditas que me sirvieran de apoyo e introducción, y luego, ya entrando en harina, poner el foco en el matrimonio propio, pues uno también es hombre casado, y tiene su sólida opinión, y su larga experiencia en las trincheras. Pero cómo hablar, ay, del propio matrimonio, sin herir la susceptibilidad del otro cónyuge, que lleva veinte años aguantando mis tonterías. Cómo hablar del matrimonio sin caer en el chiste fácil, en la gracia obvia, en el chiste de Forges sobre Concha y Mariano. Cómo evitar, en la fogosidad de la escritura, que surja el ajuste de cuentas, la confesión inapropiada, la delación de una intimidad que iba a condenarme a dormir esta noche en el sofá, y a soportar varias semanas de morros y acechanzas. Tengo, pues, que detenerme aquí, y que sean otros blogueros quienes lidien con el tema. Y con Perdida. Hoy hace mucho frío en Invernalia, y quiero dormir calentito y arropado.


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