Mad Men. Séptima temporada.

La séptima temporada de Mad Men viene con una oferta de dos episodios por uno, como en los supermercados del barrio. En el tiempo que antes  tardaba en ver un solo capítulo, denso y nutritivo como un bote de leche condensada, ahora, gracias a la magia del mando a distancia, que es como el dedo de Dios en la Capilla Sixtina, soy capaz de embutir dos entregas en cuarenta y cinco minutos de ficción bien apretada. Mad Men, para mi sorpresa, para mi dolor, desde hace ya dos temporadas, coincidiendo con el divorcio de Don Draper y los desmanes laborales de la oficina, ha sufrido una inflación poblacional que fragmenta los guiones, dispersa las historias, desvía la atención del espectador hacia tramas que no tienen chicha ni razón de ser. Y uno, al final, llevado ya más por la obligación que por la devoción, termina harto de avanzar minutos en el contador buscando lo sustancial y lo carnoso. Mad Men, que parecía impermeable a la imperfección, ha caído en el pernicioso efecto de los papeles secundarios, que se reproducen como conejos en cualquier serie que aspire a perdurar en las pantallas.  Los actores piden más minutos, más presencia, alguna trama particular que enriquezca su personaje segundón, y los productores, que sólo buscan como inflar los episodios y las temporadas, aceptan sus propuestas casi sin rechistar, empobreciendo el producto, y jodiendo a los espectadores más fieles y puristas.



            De Mad Men, a quien esto escribe, sólo le interesan las aventuras profesionales y sexuales de Don Draper, que es como el hombre que siempre quise ser y nunca llegaré a emular, un tipo guapo, seguro de sí mismo, conquistador incombustible, atormentado por un verdadero trauma de la juventud, y no por un trauma de estos que yo a veces exhibo aquí, que casi siempre resultan ser una gilipollez. Al principio de la serie todos los personajes bailaban alrededor de Don Draper, para matizarlo, para explicarlo, para ponerle delante a un hombre con quien competir o a una mujer con quien follar. Incluso el contexto histórico de los años sesenta se nos proporcionaba a cuentagotas, en un periódico que se atisbaba, en una tele que se entreveía, como una información escueta que nos ayudaba a sentir el pulso cambiante del negocio publicitario. Ahora, sin embargo, los papeles secundarios han desarrollado sus propios amoríos, sus propios negocios,  y sus minutos inanes son como cánceres que van chupando la salud al cuerpo principal. También América se mete ahora por todos los recovecos de la oficina, con sus secretarias afroamericanas, sus creativos porreros, sus hippies infiltrados, sus feministas protestonas, en subtramas y subtextos que resultan forzados y a veces ridículos. Sería muy prolijo relatar aquí todo esto: Mad Men se ha convertido en un hervidero de personajes que no aportan nada, que sólo vienen a dar la lata, que han venido a Nueva York no para contextualizar a Don Draper, que era el debate fundamental, sino para hablar de su libro. De su prescindible y aburridísimo libro. Uno se pone a explicar todo esto y termina escribiendo el Guerra y Paz de Madison Avenue.



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