La entrega

No hay mucho que rascar en La entrega, película de hampones que van robándose los dineros en los bajos fondos de Brooklyn.  Ni siquiera los pómulos de Noomi Rapace, que en otras películas me inspiran versos escritos en  sueco moreno, me han dejado hoy la visita de las musas, que los jueves, la verdad, casi nunca aparecen por este escritorio, ahuyentadas por el cansancio que flota sobre mi cabeza como una boina de contaminación madrileña.



       Al otro lado del puente que retratara Woody Allen en sus nostalgias, muy lejos de los restaurantes de Manhattan donde acechaba a sus pijas damiselas, existe un submundo de extorsionadores que guardan sus ganancias en bares nocturnos de confianza. Grandes fajos de billetes -como sólo los americanos son capaces de reunir- que son la tentación de los atracadores de poca monta, de los ladronzuelos necesitados de efectivo. De incautos que prueban suerte y después de gastarse lo robado en putas de lujo y champán del caro, son convertidos en picadillo por los dueños reales de la pasta, mafiosos del Este que torturan y asesinan y trocean los cuerpos como hacían en sus villorrios del Cáucaso con los ladrones de ganado, o con los muchachos que desvirgaban a sus hermanas.




            Uno de los que sueña con dar el gran golpe es el primo Marv, que al borde de la jubilación delictiva sueña con viajar a Europa y tumbarse a la bartola en las playas de Marbella o de Croacia. El primo Marv es nuestro añorado James Gandolfini,  y a mí se me parte el alma cada vez que entra en pantalla, comiéndose las escenas con su corpachón, con su voz cazallera, con esa mirada de cervatillo asesino que es un imposible biológico, una quimera de la naturaleza, y que él sin embargo clavaba como nadie. Fue así como Gandolfini convirtió a Tony Soprano en un tipo entrañable, en un asesino al que de un modo inexplicable, como si fuéramos cómplices de sus crímenes, o espectadores ya desalmados por la televisión, seguíamos queriendo después de partirle la cabeza a un soplón, o de apuñalar a un rival comercial en un callejón oscuro. Ningún espectador de Los Soprano quedó libre de esta molestia moral, de este prurito de vergüenza. Uno casi sentía al gusanillo de la conciencia taladrando nuestro cerebro, dándonos un mordisquito cada vez que sonreíamos, o asentíamos, o restábamos importancia a sus fieros desmanes de asesino. Nuestro deber moral era sentir repugnancia por Tony Soprano, cachalote violento que podía joderle la vida a cualquiera que pasara por allí, y sin embargo el tipo nos caía bien, y lo poníamos en los fondos de escritorio, y nos poníamos camisetas negras del Bada Bing!, y  comprábamos tazas de desayuno con su estampa gordinflona y desafiante, para conmemorarlo en cada café y en cada croissant como si participáramos en una Eucaristía de la religión criminal.


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