Hermosa juventud

Se respiraba miedo en el ambiente, en la soledad oscura de mi habitación, antes de ver la nueva película de Jaime Rosales, porque la anterior, aquel experimento perturbador y solipsista de Sueño y silencio, me había dejado ronchas en la memoria, y escozores en el ánimo. Pero nada más comenzar la película aparece esta actriz llamada Ingrid García Jonsson para llenarlo todo de luz, y la torva sospecha sobre Hermosa juventud se convierte, gracias a su bellísima presencia, en un festín para los sentidos, y en un relax generalizado del cuerpo, que ahora sí se destensa sobre el sofá, y le perdona todos los pecados  a Jaime Rosales, ego te absolvo, hijo mío.

            Ingrid es una chica rubísima, guapísima, de una juventud tan exultante y tan lozana que casi te dan ganas de llorar de nostalgia, por no estar allí de nuevo para intentar conquistarla. Y aunque Hermosa juventud es una película notable y necesaria, hiriente y combativa, podría haber sido una mierda pinchada en un palo que a mí me hubiese dado lo mismo, pues sólo con Ingrid ya estaba justificado este ratico nocturno en el sofá. Esta hija improbable de andaluz y vikinga es una primavera de los arrabales madrileños que  pintó un italiano salidorro del Quatroccento. Un sol radiante de ojos azules que ha rejuvenecido los mecanismos interiores de mi televisor, que ya va para viejo, con su simple HD sin full, con su conexión inexistente a internet, con varios píxeles ya fundidos por las esquinas a los que ella, Ingrid, con el puro fulgor de su sonrisa, ha devuelto la vida por unos instantes.


Viendo Hermosa juventud, que es un retrato afilado y seco del lumpenproletariado condenado al paro, al chanchullo, a la mitad regateada del salario mínimo, uno recuerda  frases de nuestros queridos gobernantes, siempre tan cercanos al sufrimiento de las clases populares. Uno recuerda a Fátima Báñez, actual ministra de Trabajo, llamando "movilidad exterior" al exilio forzado de nuestra juventud en Alemania, que en su mayoría  friega los platos en las salchicherías o limpia los retretes en los museos.  Uno recuerda a Andrea Fabra, la gran hijísima de don Carlos, esa rubia monísima del ultracentro alicantino que en el Congreso aplaudió con un "que se jodan" la ley que atornillaba aún más a los parados y a los trabajadores de la miseria. Uno recuerda a Esperanza Aguirre, la resalada aristócrata que tiene embrujados a los votantes de la marginación, afirmando sin rubor que en España, quien es pobre, lo es porque es un vago, porque no vale para otra cosa, porque no emprende aventuras empresariales que lo saquen de la necesidad. Uno recuerda a Dolores de Cospedal, la Cospe, la diferida, la mentirosa más guapa de los atriles actuales, diciendo aquello de "somos el partido de los trabajadores", sin que su nariz, tan respingona y bonita, creciera un solo milímetro, en clara confirmación de que Pinocho sólo era un personaje de ficción. Uno recuerda a Ana Botella, la legionaria de Cristo que se pone collares para hacer el ridículo hablando en inglés, aseverando que “el PP y la reforma laboral son la ideología que más progreso ha traído a España”, con lo que demuestra, primero, que ni siquiera se expresa bien en castellano, y segundo, que su visión de la realidad es más estrecha que la de un burro con anteojeras, y que ella sólo conoce la España caciquil que gracias a su dios generoso nunca ha conocido la penuria.  Uno recuerda, otra vez, porque esta mujer además de fea es vomitiva, y se me queda pegada en el recuerdo como una cagada de paloma en la pechera, a Fátima Báñez, disimulando su incapacidad y su papel lamentable de florero diciendo aquello de que la Virgen, en estos asuntos de la crisis, siempre echa un capote. Recuerdo, finalmente, porque estaríamos aquí hasta las tantas de la madrugada, repasando a estos genios del humor, a estos lagartos de V disfrazados de seres humanos, al jefe gallego de toda la banda, cuando decía, salivando sobre los pelillos de la barba, que “al final los seres humanos somos sobre todo personas, con alma y con sentimientos, y esto es muy bonito y me reconforta mucho”. Qué poca vergüenza. Uno se acuerda de todos ellos mientras ve Hermosa juventud, y le vienen insultos a la lengua que han de quedarse en la intimidad de mis intenciones, porque antes los escribías y eran como mucho faltas contra el honor, pero ahora te acusan de hacer apología del terrorismo, de jalear las intenciones de ETA o de la Yihad, y yo tengo un hijo al que alimentar, y un blog que seguir escribiendo para que los cuatro gatos del callejón sigan haciéndome compañía de vez en cuando. Que sea hasta aquí, pues.


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