El niño

¿Baltimore? No, Algeciras. Pero se parecen mucho. El arranque de El niño, con su alijo de droga escondido en el contenedor de un carguero, está cerca de arrancarnos una lagrimilla de nostalgia por la segunda temporada de The Wire. Uno casi espera que aparezcan en el puerto gaditano los detectives Bunk y McNulty para oler el rastro del hachís mientras sueltan unos cuantos fuckings y lanzan sonrisas cómplices de socarronería. Luis Tosar y Eduard Fernández tienen muy poco de irlandeses borrachos o de afroamericanos orondos, pero son dos actores muy curtidos, muy malahostiados, que aquí se ponen el traje de policías celtibéricos y tiembla el Estrecho con sus amenazas y sus vozarrones cazalleros. Su compañera de fatigas, que es una policía eficaz y marisabidilla, lleva los rasgos hermosísimos de Bárbara Lennie, y Bárbara, para quien esto escribe, es un viejo amor de esos que nunca se olvidan, la chica del instituto hipermadura e inalcanzable que hace tiempo nos dejó con más pena que gloria, en la mítica película. Hay además, al comienzo de El niño, una persecución muy jugosa entre el helicóptero de la poli y la lancha de los traficantes, una cosa como de Paul Greengrass filmando una escapatoria de Jason Bourne en aguas internacionales, y uno, entre el reparto tan cojonudo, la trama que se adivina, y las escenas de acción rodadas con esmero, se las promete muy felices en el sofá resudado del  jueves laboral. 




            Pero luego, poco a poco, como un juguete de arena que se fuera deshaciendo al viento de Tarifa, la película se va quedando en muy poquita cosa, todo muy light y edulcorado, con malvados de buen corazón, policías enfangados en corruptelas y polvos de porno soft entre el guapo y a la guapa al calorcillo del Mediterráneo. Un guapo que además no tiene ni media hostia, y una guapa que es más bien fea y escuálida, en sendos errores de cásting que ya no tienen perdón ni remedio. Entre eso, y que Eduard Fernández sale lo justito en pantalla, y que Bárbara Lennie nos es suministrada en dosis muy cicateras, y que a Luis Tosar le arrebatan la chicha macarra de su personaje, la película queda muy lejos de ser el hito nacional que tanto nos habían vendido en las revistas.
      Uno, en el último tramo de El Niño, ya desmadejado sobre el sofá en posturas raras, y consultando tonterías de adolescente en el teléfono móvil, se pone a pensar en el dineral que desperdiciamos en perseguir a estos traficantes del hachís, con los helicópteros, las patrulleras, los cuerpos de seguridad del Estado, mientras que aquí, a las puertas de los hospitales, se nos están muriendo los enfermos de hepatitis C porque el gobierno no quiere gastarse un duro en ellos. Qué bien queda, un poco de populismo, cuando uno ya estira el chicle de la narración...  ¿Y qué tienen, además, digo yo, contra el hachís? Hoy mismo, por la tarde, mientras hacía el ejercicio diario del paseo campestre, iba escuchando en el ipod las ingeniosas canciones de Javier Krahe, y es de todos conocido que al maestro los trujos le relajan, le inspiran, le dotan de vigor creativo. Gracias a su talento natural, y a esos esforzados delincuentes que acarrean la sustancia desde Marruecos, puedo yo pasar las tardes tan ricamente, admirando los bosques y los pájaros mientras me descojono, o me emociono, o me indigno socialmente, con sus letras incomparables.



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