El congreso

Uno ya no está para adivinanzas tan complejas como las que se proponen en El congreso, película que la crítica especializada, siempre tan monocorde y entusiasta con las rarezas, ha elevado a la categoría de obra maestra instantánea. A los que se ganan la vida moviendo el pulgar hacia arriba o hacia abajo con las películas, como hacían los emperadores romanos con los gladiadores, les causa mucho orgullo, y también una honda satisfacción, presumir de que entienden argumentos y subtextos que el resto de los mortales, que acudimos al cine en el rato libre, en la depresión de la noche, en el olvido voluntario del mundo, no somos capaces de aprehender. Nuestras mentes llegan al rato del cine ya desgastadas con la realidad, con mecanismos oxidados que tardan demasiado tiempo en acelerar cuando son exigidos. Nos interesa más el cine que el arte, la película que la metapelícula, la sencillez que el retruécano.


            El primer desafío que nos lanza El congreso es fácil de entender, y hasta aquí los críticos y los tontainas vamos juntos de la mano. En un futuro próximo que recuerda mucho a los vaticinios tecnológicos de Black Mirror, los actores y actrices que ya no quieren seguir trabajando, que desean dedicarse por entero a su familia, que ya no soportan los aburridos tiempos de espera en los rodajes, firman un contrato de cesión de derechos con su productora y son escaneados por millares de sensores que recogen sus gestos y sus emociones. Como futbolistas de élite que prestan sus rostros y sus escorzos al último videojuego del mercado.  Mientras ellos disfrutan de la vida en sus mansiones de ensueño, o recorren el mundo bajo el anonimato del mochilero, los productores usarán su álter ego virtual para producir películas como churros, insertando los hologramas en el decorado con una perfección que no hace sospechar de las ausencias carnales. En esta primera parte de El congreso, Robin Wright, a la que ayer mismo dejé acuchillando cadáveres políticos en House of Cards, se interpreta a sí misma fingiendo que ya no desea someterse a la dictadura de los platós. Si en House of Cards mete miedo cada vez que sonríe, con ese gesto gélido de nitrógeno líquido, aquí, cada vez que expresa su alegría, uno se queda arrobadito en el sofá, como hechizado por una sirena bípeda del desierto tejano. Robin Wright es una belleza dignísima y sobria que nunca se rinde, que nunca se opera, que expresa sentimientos muy sustanciales con esfuerzos mínimos y naturales.



            Pero llega, ay, la segunda parte de El congreso, y aquí los críticos nos sueltan de la mano para dejarnos tirados entre tinieblas, mientras ellos se adentran en la exégesis de un mundo desconocido. Ellos se lo pasan pipa alabando el riesgo artístico, desmenuzando la filosofías implícita, presumiendo de comprender el onirismo barroco de este fulano llamado Ari Folman. Mientras tanto, nosotros, la plebe del sofá o de la platea, maldecimos una vez más nuestras orejas de burro, nuestra comprensión de cenutrios, nuestra falta de imaginación comparable a la de los peces. Robin Wright, ahora convertida en el cartoon de su ancianidad tras meterse una droga por la nariz (sic), realiza un viaje alucinógeno al país de los dibus, que ya no es tan divertido como en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, sino la locura masturbatoria de un artista desatado. En este batiburrillo de diálogos bobos y expresionismo rococó, rodean a Robin Wright otros dibujos animados que también fueron actores en su día, gentes disfrazadas para el carnaval de Venecia, pulpos que chapotean en manantiales, caricaturas de famosos charlando en las calles de Manhattan, Jesucristo en caricatura administrando sacramentos, zepelines flotantes que anuncian películas con personajes de carne y hueso...  El congreso II quiere ser Matrix, quiere ser Black Mirror, quiere ser Mary Poppins, quiere ser Hayao Miyazaki , pero ya son las doce de la noche, y uno llega con el aliento justo, con la atención en la reserva, y se pierde inevitablemente en el laberinto. Abandono la película de mal humor, contrariado por este final decepcionante del día decepcionante, pero poco después, en la cocina, mientras tomo el vaso de leche y escucho la tertulia deportiva, me entero de que Odegaard, la futura perla del fútbol europeo, va a jugar en mi equipo del blanco inmaculado. Y camino de la cama, mientras pienso futbolísticamente en él, y sexualmente en Robin Wright, vuelvo a sonreír. 



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