Despachos Ovales

El azar de las ficciones me ha llevado, en las últimas semanas, a visitar alternativamente dos Despachos Ovales de la Casa Blanca, tan parecidos en su decoración como distintos en los trapicheos políticos que allí se cuecen.  En las siestas, en la hora de la modorra, porque a veces los diálogos verborreicos  de Aaron Sorkin me funden los fusibles, y me inducen al sopor de quien no se entera de nada, sigo las andanzas del presidente Bartlet, que lucha por su reelección con el vigor renovado de un joven principiante.



              Bartlet, como presidente imaginado,  es un tipo inverosímil, producto más bien de la ciencia-ficción que de la política-ficción. Bartlet es básicamente un buen hombre, un filántropo, un tipo que no duerme por las noches pensando en el bienestar de su pueblo, en las decisiones torcidas que él imaginó rectas y benévolas, y ya sabemos que los hombres así no pueden medrar en el mundo de la política, porque siempre llega el momento de apuñalar a un amigo, de firmar un pacto con el diablo, de traicionar lo que antes se juró como sagrado o innegociable. No se puede ascender en política, y mucho menos hasta la cúspide de la Casa Blanca, acarreando la pesada mochila de los principios, y Bartlet, de principios, tiene la colección entera que vendieron en los kioscos por fascículos. Sus consejeros, además, que son la chicha de la serie, son tipos de una inteligencia preclara que uno tampoco termina de creerse. Josh y Leo, C.J. y Toby, son personajes que están hechos de la misma pasta moral que Bartlet, y esa confluencia angelical de las buenas intenciones en un espacio tan reducido, y tan decisivo para la marcha del planeta, es cuanto menos sospechosa. Uno mira la caterva de asesores ministeriales que aconsejan a nuestro presidente de las barbas, y en la comparación con la gente de Bartlet casi te mueres de la risa, y del asco, porque aquí, quien no es un inepto, o una enchufada de la cuota femenina, es un sociópata de colmillo retorcido o un mentiroso compulsivo que se descojona por dentro de los votantes.



            Horas después, por la noche, con el humor ya envenenado por el contacto con los seres humanos, visito el otro Despacho Oval de House of Cards, que ya no huele a jazmín ni a buenos deseos, sino al azufre que desprende el vicepresidente Frank Underwood cada vez que entra allí para mentir a su presidente. Underwood es otro personaje que nació de la pluma de Beau Willimon sin intención de hacerlo creíble. De hecho, para zanjar cualquier duda en el espectador, Underwood a veces rompe la cuarta pared para explicarnos sus intenciones diabólicas. Underwood es un sociópata de los pies a la cabeza, un tipo sin alma, sin corazón, casi un político español podríamos decir, un animal de los despachos sin empatía alguna con las personas que le rodean, a no ser para follar, o para echarse unas risas a costa de los adversarios. Sólo con su amada esposa mantiene lo que podríamos llamar "una relación personal", porque ambos son alimañas de la misma especie, y en algún rincón de sus instintos se reconocen como miembros de la manada, y se prestan un apoyo que tiene más de lobuno que de humano. Uno, que tiene el carácter contaminado de misantropía, quiere creerse más al personaje de Underwood que al personaje de Bartlet, pero su maldad es tan pura, y su inteligencia tan demoledora, y la tontuna de sus adversarios tan inverosímil , que al final uno prefiere abstenerse de jugar a este juego tan tonto que yo mismo inventé.



            Uno, al final, en estas cuestiones del Despacho Oval, sigue quedándose con la versión ofrecida  en Veep, que es una comedia disparatada sólo en apariencia. Al igual que  Carlo Cipolla, siempre he creído que la estupidez le ha hecho más daño al mundo que la maldad, y en Veep, la estupidez es un requisito imprescindible para trabajar en la vicepresidencia del país, o en sus cercanas asesorías. Ya escribí alguna vez que en Veep te ríes mucho, pero que a veces la sonrisa se te queda congelada, pensando que los tipos que deciden nuestras vidas tal vez sean así, no malos, no perversos, pero sí infantiles, inmaduros, tan inteligentes como caprichosos, tan esforzados como inútiles, tan majos como gilipollas.


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