Corazones de acero

            Gracias al generoso esfuerzo de un barco corsario de nuestra flota, que supongo centroamericano por los subtítulos que su grumete ha colocado en la película, con mucho chingón y mucha pinche de tu madre aderezando las batallas, ha llegado a mi pantalla, al mismo tiempo que a las pantallas comerciales, en un ripeo de altísima calidad que seguramente han robado de la nave capitana, esta película de Brad Pitt y sus muchachos matando nazis desde su tanque indestructible y suertudo. Si los alemanes hablaron en Das boot de la claustrofobia guerrera que se sufría en un submarino, los americanos, que no iban a ser menos, han embutido a sus héroes de acción en un tanque que cruza Alemania camino de Berlín, a ver quién es el primero que le mete el cañón a Hitler por el culo. Corazones de acero tiene un arranque prometedor, con horrores de la guerra, éticas arrastradas por el barro, batallas de un realismo sangriento y metálico que acojonan al más pintado de los espectadores. Pero es su propia americanidad, la misma que les anima a producir estos grandiosos espectáculos, la que luego, a la hora de resolver los argumentos, les apuñala por la espalda y les condena a repetirse una y otra vez en la heroicidad tonta, en la balacera absurda, en la cachaza casi mesiánica de estos tipos musculosos nacidos en Wisconsin o en Alabama que se quitan la guerrera, se cuelgan el cigarrillo en la boca y se ponen a ametrallar alemanes mientras las balas del enemigo les pasan rozando el hombro o las granadas de mano, que siempre lanza el soldado más torpe del batallón, les explotan a cincuenta metros de distancia dejándoles apenas unas cicatrices en el rostro. Una calamidad, y un bostezo, este remate final de Corazones de acero, que nos deja como estábamos, con el corazón frío, y el alma hueca, y las meninges de pedernal.



            Uno debería, por estar viendo gratis lo que otros, a esta misma hora, están pagando en los cines, sentir el gusanillo de la conciencia hurgando en el aparato digestivo. Pero ya hace tiempo que no siento el mordisqueo de los remordimientos. Las películas que me gustan luego las compro en DVD, o en Bluray, en las Grandes Estafas de los Grandes Almacenes. Mi bucanería sólo es una estrategia de espectador, no una filosofía de vida. En los viejos tiempos me dejé fortunas en los cines de León, de Madrid, de Toledo, de Ponferrada, de Villablino, incluso, en aquella sala minúscula y encantadora de las montañas perdidas de la minería. Fui educado desde pequeño en la magia de la pantalla grande, de la cortina que se abría y descubría el blanco prometedor justo cuando se iban atenuando las luces de la platea. Me crié, literalmente, en las salas del cine Pasaje y del cine Abella, en León, lugares a los que entraba gratis porque mi padre trabajaba en la empresa y le compensaban la mierda de sueldo con los pases gratuitos. Luego, de adolescente, con los amigos, me gasté las propinas y los primeras pagas en los otros cines de la ciudad, donde no tenía el privilegio de entrar gratis, pero donde echaban las películas chulas de Indiana Jones, las macarradas infectas de Sylvester Stallone, los primeros desnudos de actrices bellísimas que nos alegraban la vista de adolescentes reprimidos. El cine fue una bendita costumbre que mantuve durante años, contra viento y marea, contra destinos laborales y obligaciones familiares: igual que otros se refugiaban en la misa del domingo, o en el bingo del sábado, o en el bar cotidiano del dominó y del carajillo, yo me escondía en el cine que quedara más a mano en mi geografía, a olvidar, a soñar, a ser yo mismo por entero.



            Pero me echaron. Poco a poco, ruido a ruido, crujido a crujido, masticación a masticación, chascarrillo a chascarrillo, politono a politono, comentario a comentario, queja sin respuesta a queja sin respuesta. Los herederos del negocio transformaron sus salas en restaurantes de comida basura, en cafeterías públicas para la charla y la carcajada, en coches de cien plazas para el retozo amatorio de los asientos traseros. El cine, en las provincias alejadas de Madrid, se volvió un azar, una aventura, una búsqueda continua de la sesión vacía, del horario clandestino, de la soledad en el patio de butacas. Un sinvivir que al final ya no compensaba el tiempo, ni el esfuerzo de los nervios. Incluso en la más absoluta de las tranquilidades uno temía la llegada retrasada y fatal de la parejita, de la pandilla, de la abuelita con los nietos. De Richard Pryor y Gene Wilder escapados de No me chilles que no te veo para jodernos la película con sus sandeces. Mientras veo Corazones de acero bajo la manta calentita de mi sofá, con sus subtítulos y su botón para la pausa o para el rebobine, allá lejos, en el cine de mi pueblo, una panda de anormales a los que nadie chista, porque en realidad a nadie le interesa la película, están descojonándose en cada muerte, gritándole “buenorro” a Brad Pitt en cada pose, simulando cornetas de guerra al inicio de los combates, levantándose de sus asientos para blandir una ametralladora imaginaria mientras entresilban con los dientes la ráfaga mortal. Unos majaderos. Unos hijos de puta. Ellos y quienes los consienten, y quienes no les niegan a entrada en el negocio. ¿Culpable, uno, por no estar allí, alimentando al monstruo? 


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