Closer

Siento, de pronto, en la tarde invernal del domingo, en la melancolía que se presenta puntualmente cada siete días a tomar el café y las pastas, la pulsión irrefrenable de ver a Natalie Portman en mi televisor. Siento la necesidad acuciante de perderme en su hermosura, y esconderme del mundo para que tarden largo rato en encontrarme. Sin salir de la habitación voy a fugarme muy lejos, a un país lejano y utópico en el que Natalie me dice sí, que all right, para ir juntos de la mano y pintar la vida de colorines, yo enamorado y ella conformada, como en los anuncios cursis de la televisión, como en la vida extremadamente feliz de las películas tontainas. Igual que otros se refugian en las iconografías de los santos o en las fotografías de los familiares, yo, en las duras, y a veces también en las maduras,  me refugio en la estampa móvil de Natalie Portman y sus películas, y me redimo en su cara de niña, en su cuerpo menudo, en ese brillo que le brota de los ojos y que es como una inteligencia penetrante mezclada con una sexualidad perturbadora.


            Enciendo los aparatos y descubro que los buenos dioses, en un acto milagroso y benevolente que el otro Dios, el más poderoso, nunca me regala, han guardado Closer para mi solaz en el disco duro. Tienen que haber sido ellos, porque yo no recuerdo haber saqueado esta película en ninguna razia bucanera. Me guiarían en un momento de somnolencia, de inconsciencia, en previsión de este momento fatídico que siempre termina por llegar.  Aunque Natalie Portman es en Closer actriz principal y guapísima, el recuerdo que tengo de la película es el de una nadería sin sustancia, el de una supina gilipollez que cuenta como dos pijos y dos pijas de la City londinense se aman y se desaman con diálogos absurdos y argumentos para besugos: "No me dejas entrar en tu amor", "Me consume la soledad de no tenerte", "Necesito tu corazón para llenar mi vacío", y tonterías parecidas a éstas, que sólo se escuchan en las novelas pedantes, en los culebrones sudamericanos, a veces, también, cuando me dejo llevar por la impostura literaria, en algunos rincones muy vergonzosos de este diario.



            Como he llegado a Closer cegado por el deseo de reencontrar a Natalie, aparco mis dudas y me dejo llevar por  la inercia de mi carrera hasta el punto kilométrico de la media hora. Es ahí donde de pronto me paro, fatigado ya de seguir tanta conversación estúpida, y ya no soy capaz de avanzar un solo paso más. Closer es insufrible, petulante, fallida. La belleza de Natalie Portman no basta para reflotar este barco que naufraga haciendo glu-glú. Sé, además, porque de pronto me ha venido un recuerdo iluminado y teñido de rosa, que en la segunda parte ellas se traviste de putilla, en un prostíbulo, o en un cabaret, ya no me acuerdo, y que tal  desvestimiento, lejos de acrecentar mi deseo por ella, me la va a hacer vulgar y falsamente sexy, como una esposa en celo que buscara un polvo interesado. Natalie Portman, como cualquier amor verdadero, me gusta más vestida que semidesnuda, más insinuada que descubierta. Desnuda del todo ya no sé; es posible que ahí  claudicaran estas exquisiteces mías de amante romántico.


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