Starbuck

Starbuck cuenta la historia de un masturbador compulsivo -y quién no lo fue, a ciertas edades- que decide, para ganarse unos dólares canadienses, en lo más florido de su juventud, y de su vigor sexual, hacerse donante de semen en una clínica de fertilidad. Para qué desperdiciar gratuitamente un líquido que la ciencia tiene por tan valioso y productivo. Años después, nuestro donante, que se ha convertido en un tipo calamitoso de barriga cervecera, descubrirá que la clínica de fertilidad, debido a un error administrativo, ha usado su semen para satisfacer los instintos maternales de más de 500 mujeres. Media juventud de Montreal pasea sus genes por las aulas de la universidad, por los garitos de moda, por las líneas más populosas del metro. Rubios y morenas, obesos y deportistas, heterosexuales y homosexuales, ejemplos a seguir y escorias de la sociedad... Las combinaciones genéticas, siempre azarosas, han creado una fauna de personajes que ahora Starbuck desea conocer y apadrinar en la medida de lo posible, con su gran corazón de padrazo y su tontuna de cuarentón decadente. Nuestro héroe se ha convertido en el nuevo Gengis Khan de las estepas canadienses, porque el mogol también repartió su simiente entre cientos de mujeres, aunque él disfrutara, eso sí, del contacto carnal bajo las yurtas, y no del frío borde de un vasito desprecintado.  



Varias personas me habían recomendado esta película, y ahora caigo en la cuenta de que ninguna de ellas me conoce bien: conocidos de paso, amistades periféricas, coleguillas del café... Porque la película exuda buenas intenciones, nobles sentimientos, músicas de violín en los encuentros paterno-filiales, y esas cosas, los que me conocen de verdad, saben que me producen urticaria, y me ponen enfermo, y me joden la velada que uno venía soñando desde las ocho de la mañana. Starbuck es una celebración de la paternidad, una exaltación de la procreación, una película que los vaticanistas, aunque los 500 retoños provengan del pecado onanista, recomiendan a sus parroquianos como ejemplo de fecundidad cristiana. Starbuck ama a sus hijos con tanto sentimiento porque no convive con ellos, porque legalmente no está obligado a nada, porque coleguea con ellos un rato y luego regresa a su apartamento cochambroso, a beber cervezas y a ver el fútbol por la tele. Así cualquiera. Los que tenemos hijos y al  mismo tiempo convivimos con ellos sabemos que el gozo de la paternidad se reduce al 51%, y que el otro 49 es un sinsabor, una batalla perdida, una pequeña o una gran decepción, según venga la suerte. Ser padre no es un oficio gozoso, ni resplandeciente, ni te hace mejor persona, como le pasa a este majadero de la película. Uno es como es, desde el día que viene al mundo, y ser padre no te cambia la personalidad, ni la perspectiva, ni el triste destino de la neurosis. Ser padre es una decisión responsable, y un oficio entregado, y a veces, no lo niego, la recompensa viene dada en forma de alegría súbita, de momento felicísimo pero inaprensible. Pero nunca he escuchado la música de los violines. Sólo los que pongo en el equipo de música, en mi habitación, los de Mozart o los de Schubert, cuando ya no quiero escuchar a nadie. Ni al hijo siquiera.


2 comentarios:

  1. No tenia hijos delincuentes y excepto el invalido y un gordo todos verán guapos la verdad es k la propuesta prometía pero se desinfla y acaba como el anuncio de la lotería de navidad con un pasteleo que produce grima en la vida real lo primero k.le rompen las rótulas por la deuda y lo segundo es k mas de la mitad lo demandarían por no haberse ocupado de ellos

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  2. Tal cual. Una pastelada de Vaticano Productions SA. ¡Ping!, gracias por concursar.

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