House of Cards

No he hecho más que rascarme la cabeza durante los primeros siete episodios de House of Cards, preguntándome el porqué de tanto aplauso, de tanta admiración unánime. Malvados políticos de Washington hacen y deshacen a espaldas de la prensa, de las esposas, de la ciudadanía alienada que los votó. Un argumento clásico, cien veces visto, que no terminaba de definirse del todo. ¿Sería House of Cards el triste revival de Boss, aquella serie que Kelsey Grammer no fue capaz de llevar a buen puerto, perdida en el tremendismo, en la inverosimilitud, en el desmadre criminal?  Llegué a pensar, en esta resaca pesarosa de los westerns de Sergio Leone, que House of Cards era otra parodia, otra retranca, otra broma endilgada con gusto exquisito. ¿Cómo explicar, si no, ese diálogo de Kevin Spacey con el espectador, en el que va desvelando las miserias de su alma como si fuera un personaje de William Shakespeare? 


              Sin embargo, algo me decía que tenía que esperar. Y ese algo, ahora lo he descubierto, era la música que acompaña los títulos de crédito iniciales. Una sintonía sinuosa, malvada, casi reptiliana. El presagio de una tormenta, de un crimen, de una maldad encallecida en el alma de los poderosos. Tardó ocho episodios en fraguarse, en consumarse, lenta como la serpiente que va acercándose a su víctima. Pero al fin se cayeron las máscaras, se suspendieron las ironías, se cancelaron los armisticios,  y los personajes, cuchillo en boca, como los piratas de la películas, se lanzaron a cortar yugulares de seres queridos y no tan queridos. No eran, finalmente, malosos de pacotilla, ni encarnaciones del diablo: sólo eran seres humanos muy orgullosos, y muy vengativos, que en vez de odiarse en la oficina o en la grada del fútbol, se asestan puñaladas en los pasillos donde se cuecen los asuntos mundiales. House of Cards, salvando las distancias, es el pan nuestro de cada día. No era el reverso oscuro de El ala oeste de la Casa Blanca, sino la versión envenenada de Veep: la misma bilis, la misma maldad, la misma mala hostia, pero traducida en actos por unos sociópatas inteligentes, y no por unos incompetentes entrañables.



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