Guardianes de la Galaxia

No puedo resistirme al embrujo de las naves especiales. Desde que aquella tarde de mis cinco años, en la pantalla enorme del cine Pasaje, la nave consular de la princesa Leia cruzara el espacio perseguida por un destructor imperial, he quedado comprometido con cualquier película que saque a pasear los cacharros de lejanas civilizaciones. Es una fijación infantil que se me ha quedado ahí, clavada en las meninges, como el gusto de la leche con colacao o la pulsión irrefrenable de darle una patada a los balones. Conozco a gente de mi generación que colgada de Clint Eastwood se traga cualquier cosa dirimida con un revólver, y a otros quintos, mucho menos respetables, que marcados a fuego por los Van Damme de nuestra adolescencia son capaces de encontrar sustancia en cualquier engendro de hostias con patadas voladoras. Yo, tarado por el virus de la ciencia ficción, lo que me trago sin pensar, y sin masticar, son películas de naves intergalácticas, de ovnis, de alienígenas, cualquier cosa en la que se vea un planeta distinto al nuestro, o a un ser oriundo de otro planeta pilotando su cacharro de alta tecnología.



            Muchas veces me pego un hostiazo del copón, porque las películas del espacio suelen salir rancias, si proceden del tiempo viejuno, o alborotadas, si las han cocinado recientemente en Hollywood. Hoy en día, con tanta persecución, tanto porrazo, tanto efecto especial que llena los rincones de la pantalla, a los espectadores veteranos, de cuarenta años para arriba, que hemos nacido con un procesador mental de los tiempos del Commodore, nos cuesta horrores mantenernos sobrios en el mareo, y atender a los detalles secundarios que luego son objeto de debate. Y que muchas veces son clave en el devenir de la trama. Uno, con estos ojos cansados y esta inteligencia desgastada, sólo ve el vaivén, la refriega, los rayos láser que cruzan la pantalla cada cuatro minutos. Uno parece un indio precolombino enfrentado a la sinfonía confusa de músicas y colorines. Guardianes de la Galaxia tenía todas las papeletas para provocarme el vértigo y el hastío; el vómito ácido que iba a llenar de improperios la página en blanco de este blog. Pero sus responsables, cuarentones que comprenden el hartazgo de sus coetáneos, han introducido cachondeos, músicas, referencias cinéfilas. Nos han guiñado el ojo de vez en cuando para que no nos sintiéramos abandonados en el páramo de lo moderno.  Mientras los niños se lo pasaban pipa con los hostiazos, y los adolescentes le seguían metiendo mano a la novieta, nosotros, los adultos, habitualmente sobrepasados por estos experimentos, nos lo hemos pasado mejor que ellos. Por una vez, en los últimos tiempos.


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