Boyhood

Boyhood es... la vida. El paso del tiempo. El río en el que nunca habrás de bañarte dos veces. Imposible hablar de esta película sin caer en la filosofía tontaina, ni en la cursilería de la escritura. Ni en la autorreferencia que a nadie le interesa. Imposible ver Boyhood sin acordarse de uno mismo, sin que asomen recuerdos que llevaban años recluidos en las habitaciones, jugando con sus cosas. Cómo hablar de la niñez sin caer en la ñoñez; cómo hablar de los padres, de los colegas, de los maestros que recitaban la lección elevados sobre la tarima. De lo tonto que era uno, muy por debajo de la media, tan aplicado en las aulas como estúpido fuera de ellas. Y cómo hablar luego, cuando la película avanza, de la adolescencia, si uno lleva toda la vida queriendo olvidarla. Cómo hablar de las amistades vaporosas, de las chicas inalcanzadas, de los estudios martirizantes. Del tiempo que avanzaba con pesados trancos de cemento, como en esos relojes de los hermanos Coen, cuando las agujas se detienen a medio camino del gajo y se quedan clavadas y parece incluso que van a retroceder y a condenarte a revivir lo vivido. Así fue la adolescencia de uno, sin provecho, sin moraleja, una pérdida de tiempo lamentable que nada me enseñó y en nada me curtió. Qué parecida, parece, pero qué distinta fue, en realidad, mi vida comparada con la de este chaval de Boyhood, que todo lo mira con ojos de inteligencia y en cada año que pasa se le va viendo el poso y el progreso. Qué distinto fue uno aquí, en la vida real, tan lejos de Texas, con esa mirada de pez que uno descubre en las viejas fotografías, y que no ha cambiado demasiado, la verdad: la misma expresión de despiste, la misma pinta de no haber comprendido lo fundamental. Me deja boquiabierto, Boyhood, pero me deja herido, molesto, escocido de las viejas heridas. No sé si cagarme en Richard Linklater o si convertirlo en una nueva deidad del foro, donde otros humanos ya fueron elevados a la categoría de semidioses, con sus cultos y sus vírgenes vestales procesionando ante la estatua. Bellísimas, ellas...


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