28 días después

Mientras veo 28 días después, la película de Danny Boyle sobre los zombis que arrasan las islas Británicas, me doy cuenta de que siempre es un virus, generalmente de procedencia macaca, el que vuelve turulatos a los muertos y los levanta en espasmos para comerse crudos a los vivos. Es una posibilidad, no cabe duda, y más ahora que andamos un poco acojonados con el virus del ébola, que en ciertos pacientes, en los casos más graves, provoca sangrados externos que provocan un terror como de película que traspasó la pantalla. Sin embargo, uno está convencido de que el apocalipsis zombi, si un día llegara de verdad para destruir la civilización, no lo produciría un virus, ni una bacteria transportada por un meteorito. Ni siquiera un producto químico de esos que echan a la bollería industrial para seducirnos el gusto y tapizarnos las arterias. De hecho, si uno mira a su alrededor con un mínimo de atención, descubrirá que la epidemia final ya está aquí, instalada entre nosotros, devorando seres humanos en progresión geométrica. Es la estupidez, queridos amigos, la que avanza imparable por los cincos continentes, y también por la Antártida, pues no me cabe duda de que allí también, infiltrado en alguna expedición científica que estudia los hielos o los pingüinos, viven hombres que portan esa tara inevitable y destructiva. 




            En los tiempos prehistóricos, la estupidez era un defecto fatal que causaba la muerte de su portador al primer encuentro con el mamut, o en la primera refriega con la tribu vecina, por olvidarse de llevar la lanza, o por empezar a reírse en medio del silencio reinante. Los genes de la estupidez no prosperaban en el acervo cromosómico del homo sapiens. Ahora, sin embargo, la humanidad se ha vuelto humanitaria, y siempre hay un cartel de peligro, o un vecino dispuesto a ayudar,  y los estúpidos sobreviven a pesar de sus majaderías para transmitir el defecto mortal a sus descendientes. Pero es que la estupidez, además, puede contagiarse por vía mental, por la mera convivencia en el bar, o por el mero contacto en el trabajo, y hombres y mujeres que antes se movían por el mundo con inteligencia y lucidez, de pronto empiezan a pensar sandeces, y a perpetrar tonterías, y se conducen como cualquier otro estúpido de los conocidos, porque los estúpidos originarios, que son mayoría, los han confundido y enredado con sus argumentos. Qué otra cosa, sino la estupidez, es la que amenaza realmente el futuro de la especie. Por qué, si no, la contaminación del aire, la basura del mar, la deforestación de la selva, el consumismo voraz, la superpoblación descontrolada. Por qué, si no, los insultos al árbitro, las películas de Antena 3, las homilías de los curas, las ministras de rayos UVA, las gentes humildes votando al PP postrados de rodillas. Sí, amigos: preparémonos. Es el fin de los tiempos. Los ángeles del Apocalipsis bíblico ya están afinando las trompetas.


1 comentario:

  1. La pregunta es y no le das respuesta como sobrevivió el estupido de las cavernas sino había cartel de peligro ni mano amiga que le ayudara? Como sobrevivió en tiempos donde la gente moria por un catarro?

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