Magnolia

Este blog se ha ido convirtiendo, con el paso de los meses, en una ventana abierta a mi intimidad. En cada película que comento, en cada opinión que escribo, en cada charco que piso, me quito una prenda, un guante, un calcetín con tomate en el dedo gordo. Poco a poco me he quedado desnudo ante ustedes. Pero nunca, nunca, voy a quitarme los calzoncillos. Sería un espectáculo lamentable, y además hay asuntos que están celosamente guardados en el sanctasanctórum de mi vello púbico. Secretos que no le importan a nadie, y que además no sería correcto mostrar aquí, a lo mondo lirondo, como en el expositor lamentable de las revistas del corazón. Cuarenta y dos años de vida han dado para mucha mierda, para mucho equívoco, para mucho pecado que no puede contarse ni a los curas. Por las noches, al apagar la luz de la mesilla, antes de que Morfeo me cierre los párpados en un acto de piedad, son muchos los fantasmas que vienen a susurrarme, a reprocharme, a pincharme las piernas inquietas con alfileres. No visten túnicas blancas, sino trajes de payaso, y sonríen todo el rato mientras me arrancan los secos sollozos. 



Por eso, cuando veo películas como Magnolia que me tocan el nervio íntimo, y vengo a este teclado para escribir los chistes y las filosofías, me quedo mudo, y planchado, y desearía entregar en blanco esta entrada para que los lectores se sumieran en la perplejidad, como si contemplaran el Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevich, que es al mismo tiempo una genialidad y una tomadura de pelo. Pero tengo que escribir, no hay otro remedio. El folio en blanco es un fracaso, una vergüenza, un ejercicio de dejadez,  y yo me debo en cuerpo y alma a los cuatros gatos que me leen, y que a veces, incluso, me dejan sus comentarios. Tendría, pues, que escribir sobre Magnolia, la obra maestra de Paul Thomas Anderson, pero no puedo hacerlo sin quitarme el calzoncillo, y exponer aquí las vergüenzas sin depilar. Sólo diré que este tipo, a los veintinueve años, cuando escribió este guión encerrado en una cabaña del bosque, ya sabía cosas sobre mí que ni yo mismo sospechaba. Debilidades y miedos que andan por ahí, enredados en sus personajes, como culebrillas viscosas que da asco tocar, y enseñar aquí a los lectores más impresionables. 


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