Las dos caras de enero

En Las dos caras de enero, Viggo Mortensen, que es el marido, y Oscar Isaac, que es el aspirante, se disputan el amor de Kirsten Dunst bajo las ruinas de la antigua Grecia. El personaje de Viggo está algo mayor y decadente, pero guarda mucha pasta en la maleta de viaje. El personaje de Oscar, sin embargo, es un timador de baja estofa que vive casi con lo puesto, pero es mucho más joven y atractivo. La damisela duda, tantea, escucha las ofertas sexuales de uno y de otro. El dinero o la polla: he ahí el gran dilema que asalta a las mujeres en estos triángulos amorosos de las películas, y de la vida en general. La biología ancestral, siempre más calculadora, opta por lo primero, por aquello de la manutención y del cuidado de la prole,  pero el placer del cuerpo, siempre impaciente y protestón, apuesta en firme por lo segundo. En casos así, las mujeres lo tienen más difícil que los hombres, porque nosotros, en la encrucijada de una elección, siempre elegimos a la dama más hermosa. Ante la duda, la más tetuda, que dice nuestro sabio refranero. A los hombres la belleza interior nos la trae al pairo, y eso es una suerte a la hora de elegir, porque nos resuelve cualquier duda y cualquier dolor de cabeza, aunque luego las consecuencias puedan ser funestas. Siempre es demasiado tarde cuando echamos de menos a la chica fea y encantadora, con la que seguramente nos hubiese ido mejor en las conversaciones y en las convivencias. E incluso en la cama, pardiez, porque de noche, entre las sábanas, todos los cuerpos son pardos.


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