El pianista

Después de que Steven Spielberg nos legara La lista de Schindler, cualquier película sobre el Holocausto nos parece reiterativa y reducida a mera fórmula de víctimas y sicarios. Sin embargo, todos los años, como si fuera una tradición del séptimo arte,  siempre hay alguien que cuenta otra historia de nazis con cara de nazis apaleando a judíos con cara de judíos. Los más veteranos salimos huyendo de estas propuestas, a no ser que los pregoneros las anuncien con bombo y platillos. Pero siempre hay espectadores que pican en la propuesta, adictos al morbo, o que se asoman por primera vez a este conocimiento del horror. Los que estudian los índices de audiencia y las ventas en DVD saben que la estética nazi encandila, y que sale muy rentable en los shares y en las cuentas de resultados. Un miembro de las SS bien vestido, con su traje impoluto, su correa lustrosa y su gorra con calavera, produce en el espectador eso que los psicólogos llaman la fascinación por el mal. En algún rincón de nuestra psique, aunque nos produzca asco el contenido, admiramos el porte marcial del continente: envidiamos esa chulería, esa prestancia, esa absoluta seguridad en uno mismo que sólo tienen los iluminados y los fanáticos.



Más allá de estos apetitos sexuales, las películas de nazis, en los últimos veinte años, sólo han producido bostezos entre el público más exigente. Todas menos una, El pianista, la obra maestra de Roman Polanski, que nueve años después de La lista de Schindler regresó a Varsovia para contarnos la odisea de Wladyslaw Szpilman, el pianista que sobrevivió a las mil y una jugarretas del destino. La película está basada en la propia biografía de Szpilman, pero hay mucho del director polaco en esta historia, pues él mismo, con diez años, vivió confinado en el gueto de Cracovia. Polanski, al igual que Szpilman, tuvo que aunar el espíritu de supervivencia con la mayor de las potras para salir vivo de aquel infierno. Él también perdió a su madre y a varios familiares cercanos en los campos de concentración. Polanski, además de contarnos una historia muy personal, se atreve a denunciar lo que otras películas sólo dejaron insinuado: que dentro de los propios guetos hubo judíos que se hicieron de oro explotando a sus hermanos en la fe. Tipos que en el horror del presente -y en el horror de lo que estaba por venir- decidieron que había una oportunidad inmejorable para hacer negocio y engrosar los capitales. Tipejos que casi producen más asco que los mismísimos nazis, y mira que estos producen asco. Y mira que Polanski, además, en error reincidente de todos los directores, elige actores con caras de nazis para encarnarlos. No es necesario tener cara de malo para ejercer el mal. Vivimos rodeados de tipos con cara de delincuentes que resultan ser bellísimas personas, y de mujeres con cara de ángel capaces de apuñalarte por la espalda mientras se beben un gintonic. Uno ve los documentales de la Segunda Guerra Mundial y comprueba que muchos nazis convictos y confesos no tenían cara de tal. Que eran tipos nacidos en Frankfurt o en Dusseldorf con el mismo jeto que usted o que yo. Eichmann, sin ir más lejos, tenía una cara inane, trivial, como de funcionario que cuenta los minutos para dejar la oficina y tomarse el cafelito.


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