El baile de los vampiros

El baile de los vampiros, digan lo que digan los dinosaurios de la crítica, que se les pone morcillona con cualquier antigualla de su juventud perdida, se ha quedado viejuna, tontorrona, como una gaseosa que ha perdido las burbujas. La supuesta gracia de la película está en los tropezones, en las caídas de culo, en los encontronazos de la gente que huye por los pasillos del castillo. En las caras estúpidas que ponen los personajes cuando atisban un escote de mujer por las cerraduras. Un humor colegial, de niños de preescolar, que hace cincuenta años tal vez incendiaba las plateas, porque la gente era así de inocente, y estaba educada en otra contención de los instintos, pero que ahora te deja perplejo, e insatisfecho, añorando las cerdadas juveniles de Supersalidos, o la ironía lacerante de Louis C.K. De El baile de los vampiros sólo nos quedará la belleza, congelada para siempre en el tiempo, de Sharon Tate. Es un gozo para los sentidos, y una puñalada para el alma, porque todos sabemos de su destino fatal, de su vida truncada, en aquella mansión maldita de Cielo Drive.



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