El amanecer del planeta de los simios

A Max, mi antropoide interior, le gustan mucho las películas de El Planeta de los Simios, lo mismo las antiguas de Charlton Heston que estas nuevas diseñadas por ordenador. Max siempre ha soñado con amotinarse, con apoderarse de los códigos secretos de mi voluntad, y para él, la saga de los simios tiene el mismo valor que el Octubre de Eisenstein para los bolcheviques: una inspiración revolucionaria, una guía práctica para sublevarse contra el ser humano que lo tiene amordazado. Siendo como soy un adulto amoral, y un futuro viejo verde, Max todavía piensa que soy demasiado humano, demasiado civilizado. Él sueña con una vida salvaje carente del super-yo freudiano, una aventura regida por los instintos más básicos en la que voy soltando hostias por doquier a los machos rivales, y tocándoles las tetas a las mujeres que más me gustan. Y es que Max, para ser un antropoide, es un libertino de la hostia. En la selva que él tanto añora, Caesar, el nuevo líder de los monos, lo tendría todo el día encerrado en la jaula de bambú, por insociable, y por rijoso.



            Para que no se pusiera muy tonto durante la proyección, hoy por la tarde, antes de ver El amanecer del planeta de los simios, le he prometido que un día de estos, tal vez por su cumpleaños, o por su santo, si se mantenía calladito y no daba mucho la barrila con sus cánticos de libertad, volveríamos a ver aquella atrocidad que perpetró Tim Burton con el mundo imaginario de sus congéneres. Dejé escrito que jamás volvería a ver semejante estupidez, pero entonces yo no sabía que la saga iba a ser relanzada pocos años después, mucho más cuidada, mucho más decente, con un líder de los simios por fin complejo y seductor, y que Max, hasta entonces falto de un líder revolucionario, iba a plantearme estas exigencias para mantener la paz de mis entrañas. La versión de Tim Burton es, de largo, su preferida. Y no por su complejidad, ni por su enjundia, que a ambos nos entra la carcajada en el sofá, sino porque en ella salía, muy corta de ropa, esa mujer -que no actriz- llamada Estella Warren, una nadadora canadiense a la que Dios dotó del rostro más sensual que vieron al norte de los Grandes Lagos, y a la que más tarde, la genética, y el ejercicio diario en la piscina, modelaron un cuerpo perfecto que lo buscas en internet y se te cae la baba sobre el teclado del portátil, provocando chispazos y cortocircuitos. 
        A Max, que siempre ha visto el mundo con mis ojos enamorados, no le gustan nada esas simias que salen en las películas, con los labios de hemisferios de coco, con la piel recubierta de pelos, con esas ubres colganderas que sólo sirven para dar de mamar a los retoños, y no para excitar al macho que vuelve de recolectar plátanos por las lianas. A Max, más allá de las preferencias particulares, le gustan las mimas mujeres que a mí, y por eso mantenemos, a pesar de todo, una entrañable convivencia en el sofá. Una convivencia que a veces, cuando las películas vienen bien dadas, y ambos salimos satisfechos de la función, se puede confundir perfectamente con la amistad.


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