Bad Boy Bubby

Las aventuras del pequeño Nicolás, este joven pepero con delirios de grandeza que afirma haber estado en los conciliábulos más secretos del poder, me obliga a repensar Bienvenido Mr. Chance, la película que hace unos meses pasó por este blog como si se tratara de un cuento, o de una fábula moral. En ella, Chauncey Gardner, el jardinero autista escapado de una mansión, accedía a la estima de los más altos dignatarios de Washington simplemente por hablar de jardinería, que era el único tema que el pobre hombre dominaba, pero que los políticos confundían con sapientísimas metáforas del orden económico y social. De modo parecido, Nicolasito, que se hacía pasar por el marqués de Torneros, sin más pruebas que su verborrea y su cara de angelito empanado, llegó a codearse con alcaldes, con ministros, con reyes incluso, que nunca sabían muy bien si el chico venía de parte del novio o de la novia. La película de Peter Sellers y la realidad de Francisco Nicolás nos hablan, en el fondo, de la misma cosa, del vacío de las propuestas, de la tontuna de los gobernantes, de la ausencia de cualificación y de méritos personales como condición casi necesaria para ascender en la escala social. Y rijijijí, y rijijijá, y ríase la gente. 




            Al hilo de esta actualidad bochornosa del mentecato infiltrado, no es casualidad que la cinefilia friki haya rescatado en su foros Bad Boy Bubby, una película australiana del año 93, durísima y delirante, que en nuestro país ni siquiera llegó a estrenarse. Bubby es un tipo que permanece encerrado hasta los treinta años en un sótano de los arrabales de Adelaida, cuidado y custodiado al mismo tiempo por una madre tarada que lo mantiene engañado con la excusa de que en el mundo exterior flotan gases tóxicos. Bubby, no sabemos si de nacimiento, o si condenado por su aislamiento, es un pobre deficiente que se cree cualquier cosa que le digan. Temeroso del dios crucificado que decora la pared menos húmeda del zulo, Bubby se pliega a cualquier cosa que su madre considere, entre ellas, el sexo diario antes de acostarse juntos en el camastro. Ya dije que Bad Boy Bubby no era un blockbuster pensado para todos los públicos. Por un azar del destino, Bubby saldrá de su covacha para conocer mundo, sin más recursos que su ecolalia cansina. Bubby repite todo lo que oye, calcando los timbres y los acentos. No entiende nada, no responde a nada, no sabe hacer nada. El sólo escucha y repite, probando suerte como un niño de dos años. Con tan parco recurso, Bubby, al contrario que Chauncey, o que Nicolasito, no tendrá influencias en Camberra para aprobar leyes y decidir presupuestos, pero también encontrará sus admiradores, sus entusiastas, una caterva de groupies algo crédulos y fumados que verán en su desvarío vocal la señal de un elegido, de un hombre sabio cargado de razones.


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